Después de varias semanas recorriendo Italia, llegar al Valle de Aosta fue casi como entrar en otro país sin haber cruzado ninguna frontera. De repente aparecieron las montañas, los pueblos de casas alpinas, los nombres franceses y unas temperaturas que, después de varios días rondando los 39 grados con una humedad brutal, nos parecieron directamente un regalo.
Nuestra entrada al valle fue por Bard y Hône, y desde allí continuamos hacia Aosta para empezar a descubrir un valle que se parecía muy poco a la Italia que habíamos conocido hasta entonces.


Aosta: más ciudad de lo que esperábamos
Cuando hablábamos de ir a Aosta, nosotros nos imaginábamos un pueblo alpino rodeado de montañas, pero Aosta es una ciudad.
No una ciudad enorme, evidentemente, pero sí un lugar con tráfico, comercios, edificios, terrazas y bastante más movimiento del que esperábamos encontrar. Veníamos de Bard, donde la fortaleza, el río y las casas de piedra crean una imagen muy especial, así que el cambio nos dejó un poco fríos. O, mejor dicho, frescos.
Porque estábamos a unos 25 grados y después de lo que habíamos pasado en otras zonas de Italia, aquello era una maravilla.
Aparcamos cerca del funicular y desde allí pudimos acercarnos caminando al centro con Jack. Aosta tiene un casco histórico agradable, calles peatonales y ese ambiente que mezcla Italia con los Alpes, aunque a nosotros no terminó de conquistarnos tanto como otros lugares del valle. Quizás llegamos con unas expectativas equivocadas.
Esperábamos un pueblo pequeño de montaña, con zonas de arqueología romana, pero esas zonas estaban en restauración y no fue uno de esos sitios maravillosos.
Dimos nuestra vuelta, paseamos con Jack y seguimos avanzando, porque lo que realmente empezaba a gustarnos del Valle de Aosta no eran tanto sus ciudades como todo lo que aparecía cuando nos alejábamos de ellas.



¿Seguimos en Italia?
Una de las cosas que más nos llamó la atención fue que muchos pueblos del Valle de Aosta parecían franceses.
Los nombres de las localidades, los carteles, las casas de piedra y madera, los tejados, las montañas y hasta el ambiente de algunas calles nos recordaban mucho más a los Alpes franceses que a la Italia que habíamos recorrido durante las semanas anteriores.
En esta región conviven el italiano y el francés, así que es habitual encontrar indicaciones y nombres en ambos idiomas. Pero no era únicamente una cuestión de carteles. La arquitectura también cambiaba.
Atrás quedaban las fachadas de colores, las plazas italianas y los cascos históricos que habíamos visto durante buena parte del viaje. Aquí dominaban las casas alpinas, las construcciones de piedra, los tejados oscuros y los pueblos encajados entre montañas.
Seguíamos en Italia, sí, pero Italia había cambiado completamente de disfraz.


Valpelline: una mañana de trabajo buscando sombra
Nuestra ruta por el Valle de Aosta no fue una sucesión de visitas turísticas perfectamente organizadas. Como siempre, teníamos que compaginar el viaje con el trabajo y con las necesidades de Jack.
Esa segunda noche nos instalamos en Valpelline para poder trabajar a gusto al día siguiente. El lugar era perfecto, el entorno era tranquilo y durante las primeras horas pudimos estar cómodos, pero, como suele pasar en la DogVan, la situación cambió cuando empezó a darle el sol directamente a la furgo.
La temperatura interior comienza a subir, Jack empieza a estar incómodo y trabajar pasa a ser una lucha absurda contra el calor. Así que recogimos y nos movimos.




Épinel: nuestra oficina improvisada
Así llegamos a Épinel, una pequeña localidad situada cerca de Cogne, rodeada de montañas y con ese aspecto alpino que tanto nos estaba gustando de la zona, y que además, se convirtió en nuestra bases improvisadas permitiéndonos bajar el ritmo.
Estábamos junto a un río glacial, con una fuente natural de la que cogimos agua para beber y que entró perfecta.
El lugar perfecto para descansar y coger fuerzas para visitar Cogne y Lillaz al día siguiente.




Cogne: ambiente de montaña y paseo con Jack
Desde Épinel continuamos hasta Cogne que tiene más ambiente turístico y más movimiento que otros pequeños pueblos del valle. Es uno de esos lugares de montaña con terrazas, comercios, hoteles y bastante gente paseando, especialmente en verano.
Nosotros llegamos después de hacer el sendero de las cascadas de Lillaz, una ruta que merece un artículo propio porque fue uno de los mejores planes de aquella parte del viaje.
Cogne nos gustó por el entorno y por su ambiente de montaña, aunque lo mejor de aquella zona estaba fuera del propio pueblo. Las montañas, los senderos, los ríos y la posibilidad de salir de la carretera principal para encontrar pequeñas localidades fueron lo que realmente convirtió esta parte del viaje en algo especial.



Viajar por el Valle de Aosta en camper con perro
El Valle de Aosta fue una de las zonas más cómodas de Italia para recorrer con Jack, principalmente por las temperaturas y por la cantidad de entornos naturales. Eso no significa que todo fuese sencillo.
Seguíamos teniendo que buscar sombra para trabajar, revisar dónde podíamos aparcar y adaptar las visitas a los lugares en los que Jack podía entrar. En la Fortaleza de Bard, por ejemplo, decidimos no hacer la visita interior porque el acceso con perro era bastante limitado y le exigían llevar bozal.


Una de nuestras zonas favoritas de Italia
El Valle de Aosta terminó siendo una de las grandes sorpresas del viaje.
No porque todos sus pueblos nos parecieran espectaculares. Aosta no nos enamoró, Valpelline y Épinel fueron principalmente lugares de trabajo y descanso, y Lillaz nos flipó. Pero lo que si nos conquistó fue el conjunto.
Las montañas, los pueblos alpinos, los ríos, las temperaturas y esa mezcla constante entre Italia y Francia hicieron que el valle tuviese una personalidad completamente diferente.
Todavía nos queda por contaros dos de los mejores momentos de esta etapa:
El sendero de las cascadas de Lillaz, con Jack entrando en el agua helada y nosotros alucinando con el paisaje, y la subida al puerto del Pequeño San Bernardo, donde terminaríamos durmiendo junto al Lago Verney, casi a 2.100 metros de altitud, rodeados de montañas y restos de nieve.
Pero esas son otras historias.
El Valle de Aosta fue el lugar donde Italia comenzó a despedirse de nosotros, y después de tanto calor, decidió hacerlo por todo lo alto.
