Nuestro día en Teruel empezó llegando desde la Sierra de Albarracín, todavía con la tranquilidad del campo pegada a la piel. Antes de adentrarnos en la ciudad, hicimos una parada al lado del río para comer. Buscamos sombra, porque el calor era de los buenos, y allí nos quedamos un rato: comiendo, trabajando un poco y disfrutando del sonido del agua. Sí, pasaba la carretera cerca y había ruido, pero aun así aquel rinconcito tenía algo especial. Bastante bonito, la verdad.


Después de descansar y reponer fuerzas, pusimos rumbo al aparcamiento y desde allí comenzamos nuestro paseo hacia la parte antigua de Teruel. Para subir, lo hicimos por las famosas Escalinatas del Óvalo, esas que seguro que has visto alguna vez en fotos y que te llevan directas al corazón histórico de la ciudad. Y nada más llegar arriba, Teruel nos atrapó un poquito.
No es una ciudad que deslumbre al primer vistazo, ni pretende serlo. Pero tiene ese encanto tranquilo, esa mezcla de historia y serenidad que hace que te apetezca caminarla sin prisa.
Fuimos recorriendo sus torres mudéjares, tan características y tan bien conservadas: la del Salvador, San Martín y San Pedro, todas con esos ladrillos, cerámicas y formas que las hacen únicas. Vale muchísimo la pena observarlas de cerca.







Luego hicimos una parada obligatoria en la Plaza del Torico, donde aprovechamos para tomar un café. Y sí, el famoso Torico es pequeño… muy pequeño. Es parte de su encanto, supongo.
Seguimos caminando hasta el Acueducto de los Arcos, que combina arco romano y estructura renacentista, y que da una estampa preciosa a ese lado de la ciudad. Y aunque se nos olvidó por completo visitar a los Amantes de Teruel (lo tenemos apuntado para la próxima), nos quedamos con un buen sabor de boca.

Después de recorrer la ciudad, nos fuimos a descansar al área de autocaravanas de Teruel, donde decidimos quedarnos a dormir. No es que sea la maravilla del mundo, pero es práctica: está justo al lado de un centro comercial (ideal para hacer alguna compra de última hora), tiene gasolinera cerca y también está el museo de los dinosaurios y Dinópolis a un paso. El área es de asfalto, con sombras y con todos los servicios de vaciado y llenado. Eso sí: estaba petadísima. Hasta arriba de autocaravanas. Aun así, dormimos bien.
Teruel nos regaló un paseo sencillo, cálido y lleno de pequeñas sorpresas. Una ciudad para descubrir sin expectativas… y quizá por eso termina gustando más.
