Hay gente que desvía la ruta para ver una catedral. Nosotros desviamos la DogVan para plantarnos delante de un cartel, un monumento y una fábrica de motos. Y no nos arrepentimos de nada.
Nuestra segunda parte por Italia tuvo bastante de etapa de tránsito: muchos kilómetros, temperaturas disparadas y una búsqueda constante de lugares en los que Jack pudiera caminar sin quemarse las patas. Pero entre tanto calor y tanta carretera teníamos marcadas tres paradas que no podían faltar: Tavullia, Imola y Borgo Panigale.
Tres nombres que probablemente no dicen demasiado a quien no siga el mundo del motor. Para mí, Arantxa, sin embargo, eran otra historia. Porque la friki de los coches, las motos, los rallies, la Fórmula 1 y el Dakar soy yo. Miguel se fue aficionando a las motos por mi culpa, pero los coches no le interesan lo más mínimo. De hecho, antes de preparar esta ruta ni siquiera sabía que en Imola estaba el monumento a Ayrton Senna.
Aun así, allí fue conmigo. Porque viajar en pareja también consiste en acompañar al otro a ver cosas que a ti te dan bastante igual mientras esa persona camina por allí con una sonrisa de idiota.



Tavullia
Tavullia era una de esas paradas que llevaba tiempo queriendo hacer. Soy seguidora de Valentino Rossi desde hace años y durante muchas temporadas fuimos miembros de su club de fans. Así que pasar relativamente cerca de su pueblo y no acercarnos habría sido una soberana tontería.
Tampoco llevábamos una lista interminable de cosas que visitar. Nuestro objetivo era bastante sencillo: ver el ambiente, acercarnos al Yellow Park y hacernos una foto con el cartel de Tavullia. Con eso nos bastaba.
Allí también pudimos distinguir a lo lejos el circuito en el que entrenan los piloto, y entonces apareció el cartel de Tavullia.
Nos miramos y nos salió una sonrisa instantánea.
—Estamos aquí.
Puede parecer una tontería. Al final, no dejaba de ser el nombre de un pueblo escrito junto a la carretera. Pero cuando llevas años viendo carreras, siguiendo a un piloto y asociando ese nombre con tantas tardes de motociclismo, llegar allí tiene algo especial.
Además, Tavullia nos sorprendió porque era más grande de lo que imaginábamos. En nuestra cabeza era poco más que cuatro calles, el número 46 y un montón de aficionados dando vueltas. Pero había bastante más pueblo del que esperábamos.
Aun así, no necesitábamos una visita monumental ni pasar allí todo el día. Queríamos vivir ese momento, acercarnos al Yellow Park, ver el cartel y poder decir que la DogVan también había pasado por Tavullia.
Objetivo cumplido.



Imola
Llegamos a Imola alrededor de las siete y media de la tarde y uno podría pensar que a esa hora el calor ya habría aflojado. Pues no. Seguíamos rozando los 40 grados y Miguel iba bastante más pendiente de no derretirse que de disfrutar del circuito.
Yo, en cambio, estaba en mi salsa.
Aparcamos junto al Autodromo Enzo e Dino Ferrari y fuimos recorriendo los alrededores mientras hacíamos algunas fotos. Estar allí tiene algo difícil de explicar. No porque el edificio sea especialmente espectacular ni porque haya fuegos artificiales al llegar. Es reconocer curvas, nombres e historias que hasta ese momento solo existían al otro lado de una pantalla.
Pero la parada realmente importante estaba en el monumento a Ayrton Senna.



El monumento a Ayrton Senna
El monumento está rodeado de banderas, pancartas, fotografías y mensajes dejados por aficionados de muchos países. No es simplemente una estatua.
Todo lo que lo rodea consigue que el lugar tenga una carga emocional enorme, incluso aunque hayan pasado décadas desde el accidente. Allí siguen llegando personas para dejar una bandera, una pulsera, una dedicatoria o cualquier pequeño recuerdo. Y eso impresiona.
Mientras yo miraba cada detalle y disfrutaba de poder estar por fin allí, Miguel estaba librando su propia batalla contra el calor. A él el automovilismo no le gusta y Ayrton Senna no forma parte de sus recuerdos deportivos, así que su experiencia fue bastante menos mística que la mía. Pero aguantó como un campeón.
Jack también hizo la visita con nosotros, aunque sin alargarla más de lo necesario. A esas temperaturas no tenía sentido ponerse a recorrer los alrededores del circuito durante horas. Hicimos las fotos, estuvimos un rato junto al monumento y regresamos a la furgo para buscar el área en la que pasaríamos la noche.
La visita fue más corta de lo que me habría gustado, pero suficiente para quedarnos con uno de los momentos más especiales de aquella parte del viaje.

Borgo Panigale
La tercera parada motera fue Borgo Panigale, en Bolonia.
Y aquí no hubo museo, visita guiada ni una mañana entera recorriendo las instalaciones. Nuestro plan era mucho más modesto: llegar hasta la fábrica de Ducati, hacer la foto y continuar avanzando.
Dicho y hecho.
Nos plantamos delante de la fábrica, buscamos el encuadre y dejamos constancia de que la DogVan también había pasado por otro de los nombres míticos del motociclismo italiano. Fue una parada breve y principalmente simbólica, pero tenía sentido dentro de la ruta que estábamos haciendo.
Después seguimos conduciendo más allá de Piacenza, intentando escapar de un calor que cada día resultaba más pesado.

Tres paradas, tres formas distintas de vivir el motor
Tavullia, Imola y Borgo Panigale no fueron las visitas más largas del viaje ni probablemente las más espectaculares para alguien que no siga las carreras. Pero para nosotros tenían un significado especial.Y siendo sinceros, para mí bastante más que para Miguel.
Tavullia fue la emoción sencilla de ver un cartel y pensar que por fin estábamos en el pueblo de Valentino Rossi.
Imola fue estar frente al monumento de Ayrton Senna, rodeados de recuerdos dejados por personas que continúan viajando hasta allí para rendirle homenaje.
Y Borgo Panigale fue esa foto rápida ante la fábrica de Ducati antes de volver a la carretera.
Miguel me acompañó en todas, aunque unas le interesaran bastante más que otras. Jack también estuvo allí, marcando los horarios y obligándonos a tomarnos cada visita con calma por culpa de las temperaturas.
Porque aquella ruta de motor no fue una excursión independiente de nuestro viaje. Fue parte de lo mismo: trabajar desde la furgo, reorganizar planes, buscar áreas, sufrir el calor y seguir avanzando juntos.
No fueron tres grandes destinos turísticos, fueron tres pequeños caprichos de la friki del motor de la DogVan.
Y para eso también sirve viajar en camper: para poder desviarnos de la ruta, aparcar delante de una fábrica, emocionarnos ante un monumento o hacernos una foto con el cartel de un pueblo simplemente porque nos hace ilusión.
