Hay viajes que terminan cuando aparcas delante de casa, bajas las maletas y empiezas a poner lavadoras como si no hubiese un mañana. Y hay otros que terminan antes.
El nuestro terminó en una frontera.
Bueno, oficialmente podríamos decir que terminó en las cuevas de Zugarramurdi, la última visita que teníamos marcada en el mapa. Pero la sensación real de que esta aventura se había acabado llegó un poco después, cuando cruzamos definitivamente de Francia a España y Arantxa soltó una frase muy sencilla:
—Jo, ya está.
Y sí. Ya estaba.
Los últimos días antes de volver
La recta final del viaje fue mucho más tranquila de lo que habíamos imaginado cuando empezamos a organizar la vuelta.
Nuestra idea era conocer algunos pueblos más del Pirineo francés, pero el calor había marcado buena parte de las últimas semanas y ya no estábamos para hacer visitas a cualquier hora, caminar bajo el sol ni obligar a Jack a seguir un ritmo que no le venía bien.
Así que seguimos funcionando como durante gran parte del viaje: trabajar por las mañanas desde la DogVan, movernos cuando bajaba un poco la temperatura e improvisar según lo que nos encontrábamos.
Porque viajar durante casi tres meses no es ir de vacaciones durante casi tres meses.
Hay que trabajar, buscar cobertura, vaciar y llenar depósitos, hacer compras, organizar rutas y decidir muchas veces que ese pueblo tan bonito del mapa puede esperar porque hace demasiado calor, no hay sombra o Jack va a estar mejor descansando. Y no pasa nada.
Los planes están para cambiarlos y los pueblos seguirán ahí cuando volvamos.


Ainhoa, nuestra última visita en Francia
El lunes pasamos buena parte de la mañana trabajando desde un área de autocaravanas. Jack, como siempre, estaba allí con nosotros, descansando en la furgo mientras terminábamos todo antes de volver a la carretera.
Por la tarde nos acercamos hasta Ainhoa, uno de los pueblos más conocidos del País Vasco francés. Y nos gustó.
Tiene las típicas casas blancas con entramados de colores, calles muy cuidadas y ese aspecto tan característico de los pueblos de esta zona. Es pequeño, se visita con calma y, después de alguna que otra decepción francesa durante la vuelta, nos vino bien encontrarnos con un lugar bonito de verdad.
Además, le hicimos unas fotos guapísimas a Jack.
Porque nosotros podemos llevar casi tres meses recorriendo Europa, cruzando puertos de montaña y visitando lugares impresionantes, pero luego aparece él delante de una fachada bonita y se lleva todo el protagonismo.
Después de Ainhoa cruzamos hacia España y buscamos un lugar donde dormir cerca de Zugarramurdi. Al día siguiente nos esperaba la última parada de esta aventura.


Zugarramurdi, el último punto del mapa
El martes visitamos las cuevas de Zugarramurdi y nos gustaron muchísimo.
Pudimos entrar con Jack, caminar con él por el recorrido y disfrutar de una mañana fresquita, algo que se agradecía bastante después del calor que habíamos soportado durante los últimos días.
No vamos a contar mucho más aquí porque Zugarramurdi tendrá su propio artículo. Se lo merece y, además, queremos explicar bien cómo es la visita con perro, qué encontramos, cuánto se tarda y nuestras recomendaciones.
Para este relato, lo importante es que las cuevas fueron la última visita del viaje. El último lugar que conocimos antes de empezar a volver de verdad.
Después todavía volvimos a entrar en Francia, porque era la ruta más lógica para llegar a Hernani sin dar una vuelta innecesaria. Técnicamente seguíamos en otro país, seguíamos conduciendo por carreteras que no conocíamos y continuábamos haciendo vida dentro de la DogVan. Pero algo ya había cambiado.


Sare tendrá que esperar
Nuestra intención era parar también en Sare durante el trayecto, pero era festivo en Francia y, cuando nos acercamos, vimos muchísima gente, muchísimos coches aparcados y bastante movimiento.
Además, volvía a hacer calor y nosotros ya teníamos ganas de llegar a Hernani, cambiar aguas y ver a los sobrinos. Así que decidimos dejarlo para otra ocasión.
No nos apetecía demasiado reconocer que estábamos regresando. De hecho, una parte de nosotros no quería cruzar definitivamente la frontera porque sabíamos lo que significaba.
Pero también llevábamos muchos kilómetros, varias semanas improvisando por las altas temperaturas y casi tres meses fuera de casa.
Tocaba volver. Aunque diese pena.
«Jo, ya está»
Habíamos cruzado otras fronteras durante el viaje.
Habíamos pasado de Francia a Italia, de Italia a San Marino, habíamos vuelto de nuevo a Italia y después habíamos regresado a Francia.
También habíamos entrado unas horas antes en España para visitar Zugarramurdi. Pero esta vez era diferente. Esta vez pagamos el peaje y pusimos rumbo definitivo hacia Euskadi.
Ya no había ningún pueblo nuevo esperando al día siguiente. No había que buscar otra área al otro lado de Europa, ni mirar qué carretera coger para evitar peajes, ni comprobar qué temperatura iba a hacer en la siguiente parada.
Arantxa vio la frontera y dijo:
—Jo, ya está.
Fue una frase pequeña, pero lo resumía todo. Había terminado nuestro primer gran viaje por Europa.
Casi tres meses recorriendo Francia e Italia con Jack, trabajando desde la furgo, aprendiendo a organizarnos en pocos metros cuadrados y descubriendo que somos capaces de vivir viajando durante mucho más tiempo del que imaginábamos.
Y daba pena. Mucha.
Especialmente porque, desde que dejamos Italia, Arantxa ya llevaba arrastrando un pequeño bajón. La vuelta por Francia había sido más rápida de lo previsto, el calor nos había hecho cambiar la ruta y habíamos tenido que avanzar más de lo que nos habría gustado.
La frontera terminó de hacerlo oficial. Ya estábamos volviendo.
Nuestro primer gran viaje
Este ha sido nuestro primer viaje largo fuera de España.
Nunca habíamos pasado tanto tiempo lejos de casa ni habíamos recorrido tantos kilómetros seguidos con la DogVan.
Y hemos tenido de todo.
No se nos ha pinchado ninguna rueda ni hemos vivido una de esas catástrofes que después quedan estupendas para contar en una cena. Pero sí hemos tenido aventuras prácticamente todos los días.
Cambios de planes, áreas que parecían una cosa y eran otra, carreteras espectaculares, pueblos maravillosos, pueblos que venían con mucha fama y nos parecieron un truño, tormentas que llegaron justo cuando más necesitábamos que refrescasen el ambiente y días enteros marcados por el calor.
Hemos trabajado desde aparcamientos, junto a ríos, en áreas de autocaravanas y con vistas a montañas.
Hemos buscado sombra, agua, cobertura y lugares donde Jack pudiera estar tranquilo.
Hemos aprendido que viajar con perro cambia muchas cosas, pero también hace que todo tenga mucho más sentido. Jack ha estado ahí siempre: mientras trabajábamos, durante los trayectos, en los paseos, en los días buenos y en los momentos en los que tocaba cambiar todos los planes porque su bienestar iba por delante.
Éramos tres viviendo el viaje.
Una barrera que ya hemos cruzado
Quizá uno de los mayores aprendizajes de estos meses haya sido perder el miedo a salir fuera.
Antes, recorrer Europa durante tanto tiempo nos parecía algo enorme. Imponía respeto pensar en estar meses lejos de casa, trabajar desde otro país o resolver los problemas que pudieran aparecer por el camino.
Ahora ya lo hemos hecho y sabemos que podemos volver a hacerlo. Europa ya no parece tan lejos. Hemos cruzado esa línea invisible que separa el «algún día podríamos hacerlo» del «ya sabemos hacerlo».
No sabemos si el próximo gran viaje será el año que viene o el siguiente. Tampoco sabemos hacia dónde iremos. Quizá volvamos a cruzar Europa o quizá nos dediquemos a descubrir algunas de las muchas zonas de España que todavía tenemos pendientes.
Ya veremos. No hace falta tenerlo todo decidido.
El viaje termina, pero la DogVan no para
Después de cruzar la frontera todavía nos quedaban unos días por Euskadi. Todavía no habíamos llegado a casa, seguíamos durmiendo en la furgo y moviéndonos de un lugar a otro. Pero ya no era lo mismo.
Cuando sabes que vas de vuelta, cambia la sensación. Ya no estás avanzando hacia lo desconocido, sino descontando kilómetros hasta regresar.
Después tocará vaciar la DogVan, limpiar, y poner lavadoras. Seguiremos viajando, porque para nosotros ir en la furgo siempre tiene algo de aventura, pero esa será otra historia.
Esta, la que empezó a principios de mayo cruzando Francia rumbo a Italia y terminó casi tres meses después en Zugarramurdi, ya se ha acabado.
Nuestro primer gran viaje por Europa termina aquí. Con miles de kilómetros, muchas historias pendientes de contar y la certeza de que esto no ha hecho más que empezar.
Porque el viaje puede terminar, pero la DogVan no para.
