Después de recorrer algunos de los pueblos más conocidos de la Toscana, seguimos avanzando hacia Roma. Y curiosamente, cuanto más nos acercábamos a la capital italiana, más nos estaban gustando los pueblos pequeños que apenas aparecen en las guías.
Esta parte del viaje nos regaló amaneceres entre viñedos, termas naturales, pueblos medievales prácticamente vacíos y algunas de las mayores sorpresas de toda la ruta italiana.


Un amanecer entre viñedos
La semana comenzó de una forma difícil de mejorar.
Dormíamos entre viñedos en plena Toscana y decidimos madrugar para ver amanecer. Nos levantamos a las 5:30h de la mañana y, aunque el día ya había comenzado, las colinas ocultaban el sol. No apareció hasta las 6:00h. Fue uno de esos amaneceres que justifican por sí solos una noche de camper.
Además, aprovechamos el lugar para trabajar, entrenar y celebrar incluso una reunión profesional rodeados de viñedos.
Hay oficinas bastante peores.



La sorpresa inesperada de Buonconvento
Inicialmente no teníamos pensado visitar Buonconvento.
Necesitábamos vaciar aguas y el área de servicio estaba allí, la idea era parar, hacer los servicios y seguir camino. Pero al cruzar las murallas vimos que el pueblo tenía bastante mejor pinta de la que esperábamos.
Decidimos aparcar la DogVan y dar un paseo. Fue una sorpresa muy agradable.
No es un pueblo imprescindible ni uno de esos lugares por los que merece la pena desviarse cientos de kilómetros, pero sí un sitio muy agradable para pasar una tarde tranquila.


Calles cuidadas, murallas bien conservadas, rincones con encanto, y muy buen ambiente al final del día. Además, fue uno de esos lugares que nos recordó una vez más que muchas veces los pueblos que más disfrutas son precisamente los que no llevabas marcados en rojo.





Bagno Vignoni
La siguiente parada fueron las famosas termas de Bagno Vignoni. Lo que más nos llamó la atención fue precisamente el pueblo.Es pequeño, muy pequeño. Más que un pueblo parece una antigua zona termal alrededor de la cual fueron apareciendo restaurantes, alojamientos y pequeños negocios.
Su gran plaza de aguas termales es espectacular visualmente y le da una personalidad completamente distinta a cualquier otro lugar de la Toscana.
Sin embargo, las termas visitables no terminaron de convencernos. Nos gustó bastante más pasear por el pueblo que las propias aguas termales.



Bagni San Filippo
Las termas de Bagni San Filippo nos gustaron muchísimo más. Lo que más impresiona es la enorme formación blanca creada por los minerales que transporta el agua termal.
Parece una cascada petrificada, o una montaña de hielo en mitad del bosque, un lugar realmente diferente. No llevábamos bañador y además los perros no pueden acceder a las zonas de baño (aunque allí había perros), así que nos limitamos a meter los pies y disfrutar del entorno, pero visualmente nos parecieron mucho más interesantes que las de Bagno Vignoni.
Radicofani
Nuestra siguiente parada fue Radicofani. Bonito, pero también creemos que es importante decirlo: no nos parece un pueblo por el que merezca la pena desviarse expresamente.
Nosotros hicimos noche allí porque contaba con área de autocaravanas y servicios gratuitos. Si pasas por la zona, merece una visita, pero si tienes poco tiempo, probablemente hay otros pueblos más interesantes en esta ruta.


Pitigliano
La llegada a Pitigliano es uno de esos momentos que se recuerdan. Ver aparecer el pueblo sobre la roca es espectacular, probablemente una de las imágenes más impactantes de toda esta etapa.
Una vez dentro nos recordó mucho a Mogarraz por estar menos preparado a la perfección para el turísmo. Fachadas menos preparadas para la foto perfecta y más para la vida cotidiana.
Además, fue el primer pueblo de todo el viaje donde Jack no ladró absolutamente a ningún perro. Todo transcurrió con una tranquilidad sorprendente.



Vitorchiano y Ronciglione
Y entonces llegaron dos de los pueblos que menos expectativas generaban y que terminaron convirtiéndose en algunos de nuestros favoritos.
Vitorchiano nos enamoró desde el primer momento: La piedra oscura, las murallas, las casas perfectamente cuidadas, las flores, la sensación de estar paseando por un pueblo donde la gente sigue viviendo de verdad. No parece un decorado. No parece un museo.



Parece un pueblo y eso nos gustó muchísimo.
Con Ronciglione ocurrió algo parecido: Calles preciosas, piedra oscura, muy poco turismo, muchísima tranquilidad, y una sensación constante de autenticidad.
Además, allí vivimos una de las anécdotas de la semana cuando un gato perfectamente camuflado apareció de repente junto a Jack, provocando un pequeño susto que terminó con nuestro aventurero de cuatro patas dramatizando como si hubiese sobrevivido a una batalla medieval.



Roma
Antes de continuar nuestra ruta hicimos una parada de un día en Roma.
Volvimos más de una década después de nuestra primera visita, esta vez acompañados por Jack.
Recorrimos el Coliseo, el Foro Romano, la Fontana di Trevi, el Vaticano, Trastevere y muchos otros rincones de la ciudad. Pero esa experiencia merece un artículo propio, porque visitar Roma con perro cambia completamente la forma de recorrer la ciudad, y tenemos bastantes consejos que contar.
Un día para parar
Después de la intensidad de Roma llegó el momento de bajar el ritmo. Nos instalamos en Castel Gandolfo, pusimos al día la DogVan, cocinamos para Jack, lavamos ropa y reservamos nuestras próximas etapas.
Porque después de casi dos meses viajando también hay días en los que la aventura consiste simplemente en mantener la casa con ruedas funcionando, y a veces esos días son tan importantes como cualquier monumento.
Además, dejamos cerrada una de las etapas que más ilusión nos hacen de este viaje: Pompeya: Camping reservado y entradas compradas.
Allí tenemos una visita pendiente con una amiga a la que veremos la próxima semana.



Sermoneta
Nuestra intención inicial era visitar Nemi, pero llegamos hasta allí y las carreteras de acceso estraban cerradas. Buscamos aparcamiento y dimos alguna vuelta intentando encontrar una opción razonable para la DogVan, pero había un problema: El calor.
Teníamos más de 30 grados y ninguna opción que nos permitiera dejar la furgo a menos de 30 minutos andando del pueblo sin obligar a Jack a caminar demasiado tiempo bajo el sol.
Así pues, tomamos una decisión que cada vez nos cuesta menos tomar: cambiar de plan.
Nemi se quedó pendiente para otra ocasión y pusimos rumbo a Sermoneta, y la verdad es que no pudimos acertar más.
Llegamos sobre las siete de la tarde, justo cuando parecía que la mayor parte de visitantes comenzaba a marcharse. De hecho, estaban retirando las vallas que regulan el tráfico de acceso al pueblo.
Sermoneta conserva una estructura medieval espectacular: Calles empedradas, casas perfectamente conservadas, rincones cuidados, buenas vistas sobre las montañas.
Y por eso tendrá su propio post.

Así terminó la semana
Terminamos el domingo donde más nos gusta hacerlo: en la DogVan, con buenas vistas, con cobertura para trabajar al día siguiente, y viendo cómo el sol se escondía poco a poco detrás de las montañas.
Un final perfecto para una semana que empezó entre viñedos de la Toscana y termina en uno de los pueblos medievales más bonitos que hemos visitado en Italia.
Y ahora sí. Pompeya y el verdadero motivo de este viaje empiezan a aparecer en el horizonte: Ver a nuestra amiga Vero. 🚐🐾🇮🇹
