La sexta semana en Italia no ha sido una semana de grandes ciudades ni de pueblos marcados en rojo en el mapa. Ha sido, sobre todo, una semana de adaptación. O, mejor dicho, una semana en modo huida.
Desde que salimos de Tavullia, Italia entró en una ola de calor bastante seria. Y cuando viajas en camper con perro, eso lo cambia todo. Ya no se trata solo de pensar qué pueblo apetece ver o cuántos kilómetros quieres avanzar. De repente, cada decisión pasa por lo mismo: dónde hay sombra, dónde se puede trabajar, dónde puede pasear Jack sin quemarse las almohadillas y dónde podremos dormir con una temperatura mínimamente decente.
Porque sí, Italia nos ha encantado. Muchísimo. Pero los últimos días fueron duros. No podíamos estar todo el día metidos en la furgo, pero tampoco era viable salir a visitar pueblos con 37 o 40 grados. El calor nos machacaba a los tres y a Jack, además, le convertía el suelo en un problema.
Así que, sin darnos demasiada cuenta, lo que iba a ser una ruta de vuelta se convirtió en otra cosa: una búsqueda de temperaturas más suaves.


San Marino, trabajo y una parada en Imola
La semana empezó en San Marino, donde habíamos dormido en un sitio tranquilo y con una sombra maravillosa. Aprovechamos la mañana para trabajar y, antes de seguir ruta, Arantxa sacó un rato para hacer ejercicio aprovechando aquella sombra, que en pleno verano italiano era casi un lujo.
Después de comer, ducha y café, arrancamos dirección Imola.
Llegamos por la tarde, aparcamos cerca del circuito y fuimos a ver el monumento de Ayrton Senna. Para Arantxa, que ama el mundo del motor, fue una parada muy especial. Estar allí, paseando por el parque, con la pista tan cerca, viendo las banderas y los recuerdos que han dejado aficionados de todo el mundo, emociona.


Miguel, en cambio, lo vivió más condicionado por el calor. El sitio le pareció bonito, sí, pero con casi 40 grados cualquier visita se convierte en una prueba de resistencia. Imola tenía algo especial, pero el calor apretaba de una forma bastante salvaje.
Hicimos las fotos, vimos el monumento y seguimos ruta. La idea ya estaba clara: había que ir subiendo hacia el norte.
Ducati, el río Po y a seguir escapando
Al día siguiente tocaba continuar, pero pasando por Borgo Panigale había una parada obligatoria: la fábrica de Ducati.
Fue una visita rápida, casi de foto y seguimos, pero había que hacerla. Después avanzamos más allá de Piacenza y dormimos en un área de autocaravanas. Como no había buena cobertura, por la mañana nos movimos hacia el río Po para trabajar y, si se podía, refrescarnos.
Spoiler: baño no hubo.
Trabajo sí.
Y calor, también.
Así que seguimos con la misma idea: subir, subir y subir. Hacia la montaña. Hacia el fresco. Hacia cualquier sitio donde no pareciéramos pollos asados dentro de la DogVan.



Bard y Hône: por fin algo de aire
Nuestra idea inicial no era llegar al Valle de Aosta. Pensábamos salir de Italia por una zona más baja, quizá hacia Turín, pero el calor nos fue empujando hacia los Alpes.
La primera parada fue Bard.
Vimos el cartel de los pueblos más bonitos de Italia y dijimos: “venga, vamos a ver qué nos depara”. Y nos gustó. El río, el puente, el fuerte dominando el valle, las casas cuidadas y ese ambiente tan distinto a la Italia que veníamos recorriendo.
Al final decidimos dormir allí. Bueno, realmente dormimos en Hône, justo al lado de Bard. Están tan pegados que parecen casi el mismo sitio, pero son dos pueblos diferentes.
Después de varios días de calor infernal, poder pasear con unos 25 grados nos pareció una maravilla. Igual Bard nos gustó por bonito, sí, pero también porque llegó en el momento exacto: cuando necesitábamos volver a caminar sin ir buscando sombra como si fuera oro.
Además, descubrimos que en el Forte di Bard se habían grabado escenas de Los Vengadores: La era de Ultrón. Y claro, como somos un poquito frikis de Marvel, pues la tontería nos hizo ilusión.

Forte di Bard: precioso, pero con perro no nos compensó
A la mañana siguiente trabajamos un rato junto al río y después fuimos al Forte di Bard.
Desde fuera es impresionante. Enorme, encajado en la montaña y dominando todo el valle. Solo por verlo desde abajo ya merece la pena parar.
Pero nuestra visita se quedó ahí.
La entrada costaba 15 euros e incluía museos y exposiciones, pero con Jack no podíamos acceder a esos espacios. Además, arriba nos indicaron que los perros debían llevar bozal. No lo habíamos subido desde la camper porque no esperábamos necesitarlo para pasear por zonas exteriores, y menos con el calor que hacía. Así que no entramos.
No porque el fuerte no merezca la pena, sino porque no nos compensaba pagar una entrada completa para no poder ver los museos y encima hacer que Jack fuera incómodo con el bozal en exterior y con calor. Donde no entra cómodo nuestro chico, no entramos nosotros.




Aosta y esa Italia que parece medio francesa
Después seguimos hacia Aosta. Dimos una vuelta por la ciudad, vimos algunas ruinas romanas y comprobamos que tiene ambiente, tiendas y servicios, aunque Bard nos había gustado más.
Aosta nos pareció más ciudad. Agradable, sí, pero menos especial para nosotros.
Lo que sí nos llamó mucho la atención fue la sensación general del Valle de Aosta. Los nombres, las casas, la madera, los tejados, los carteles bilingües, las montañas… Todo nos recordaba más a los Alpes franceses o suizos que a la Italia que veníamos recorriendo.
Y tiene explicación.
El Valle de Aosta es una región autónoma italiana con una identidad muy marcada. El italiano y el francés son lenguas oficiales, y además existe una tradición franco-provenzal muy fuerte. No es que sean “franceses que se quedaron en Italia”, pero sí es una zona históricamente muy conectada con el mundo alpino francófono.
Vamos, que llegas allí y parece que has cambiado de país sin haber cruzado todavía la frontera.
Valpelline, Épinel y el lujo de tener frío
Una de las mejores cosas de esta parte de la ruta fue volver a dormir frescos.
El viernes empezamos trabajando en Valpelline, junto al río, en el sitio donde habíamos dormido. No era un lugar completamente aislado: pasaban camiones, tractores y alguna persona caminando. Pero estuvimos bien, con el sonido del agua y temperaturas mucho más agradables.
Cuando el sol empezó a pegar en la furgo, nos movimos a Épinel, buscando sombra y un sitio cómodo para pasar el resto del día.
Y eso hicimos: comer, descansar, unos juegos de mesa, pasear junto al río y bajar un poco el ritmo. Después de tantos días en modo horno, hasta meter los pies en agua glaciar nos parecía un planazo.
Lo mejor fue que, paseando por la tarde, Arantxa empezó a tener frío. Después de días sudando como pollos, aquello fue casi emocionante.



Cogne, Lillaz y la última crema de café
Al día siguiente fuimos hacia Cogne y Lillaz. Hicimos la ruta de las cascadas, que fue una auténtica maravilla, en la que no nos vamos a enrollar mucho porque tendrá post propio.
Solo diremos que fue uno de los paisajes más bonitos de esta parte del viaje: agua glaciar, sendero, montaña, fotos con Jack y esa sensación de haber encontrado justo lo que necesitábamos.
Después fuimos a Cogne para comer y pasear. El pueblo nos pareció más bonito por el entorno que por el centro en sí. La calle principal tiene encanto, con casas de madera, tiendas y ambiente alpino, pero lo espectacular son las vistas: montañas nevadas y prados.
Allí también nos tomamos la que creíamos que sería nuestra última crema de café en Italia. Cremosa, con muchísimo sabor a café y de esas cosas pequeñas que se te quedan asociadas a un viaje.
Luego tomaríamos otra en La Thuile, así que aquella no fue la última última. Pero en ese momento la vivimos como despedida.



Saint-Pierre, La Thuile y la última subida
Al día siguiente nos despertamos de nuevo por la zona de Épinel. Salimos a correr junto al río, pero el cuerpo no estaba para grandes gestas. No sabemos si por la altitud, la garganta seca o porque Arantxa no estaba del todo fina, pero hicimos tres kilómetros y lo dejamos ahí.
Después desayunamos, nos duchamos y bajamos a Saint-Pierre para cambiar aguas. Allí vimos un castillo que tenía buena pinta, pero abría tarde y hacía un calor de narices. Veníamos de estar tan bien en la montaña que volver a los 34 grados nos quitó cualquier gana de esperar.
Así que cambio de aguas y carretera. Tocaba subir hacia el puerto del Pequeño San Bernardo.
Paramos en La Thuile para comer y dejar descansar a la DogVan antes del tramo final. Había muchísimo ambiente: campers, autocaravanas, bicis de montaña y gente por todas partes. Dimos una vuelta por el pueblo, que es bonito sobre todo por el entorno y el río, y allí sí: nos tomamos la última crema de café de Italia.
Ahora sí que sí.



Lago Verney: despedir Italia con nieve en julio
Después de La Thuile seguimos subiendo el puerto. La idea era no forzar la DogVan ni los frenos, así que decidimos partir la subida y la bajada en dos días.
A falta de unas pocas curvas para la cima, vimos un sitio junto al Lago Verney y dijimos: aquí.
Y qué acierto.
Más de 2.000 metros de altitud, un lago, montañas, verde, restos de nieve y una temperatura que nos hizo pensar en dormir con manta. Después de días huyendo del calor, aquello parecía otro planeta.
Lo primero que hicimos al bajar fue acercarnos a un trozo de nieve. Nieve en julio. Para nosotros, que venimos de secano, fue una fantasía.
Jack también tuvo su momento. Se subió encima, jugó, le lanzamos alguna bola de nieve y vino corriendo como si aquello fuera el mejor parque del mundo.
Antes de empezar a subir el puerto habíamos visto también el Mont Blanc. Blanco, enorme, espectacular. De esos paisajes que hacen que entiendas el nombre nada más verlo.
Y así terminó nuestra sexta semana en Italia.
No en una ciudad famosa, ni en una plaza llena de gente, ni tachando un monumento imprescindible.
Terminó junto a un lago alpino, a pocos minutos de Francia, con Jack jugando en la nieve, nosotros buscando la manta y la sensación de haber encontrado por fin lo que llevábamos días persiguiendo.
Fresco, tranquilidad y montaña.
Una despedida de Italia que no habíamos imaginado, pero que difícilmente podría haber sido mejor.
El puerto del Pequeño San Bernardo tendrá también su propio post.
