La semana empezó con un pequeño baño de realidad. Teníamos intención de visitar la famosa Bahía del Silencio de Sestri Levante, pero resulta que media Italia había tenido exactamente la misma idea que nosotros. Coches por todas partes, aparcamientos llenos y cero posibilidades de meter la DogVan en ningún sitio sin acabar aparcados en el salón de alguien.
Después de dar unas cuantas vueltas decidimos rendirnos. A veces viajar también consiste en aceptar que no vas a ver algo y seguir adelante sin dramas. Al final acabamos en Casarza Ligure, junto a un río y una vía ciclista donde pudimos trabajar tranquilos, correr un poco y hacer vida normal. Y menos mal, porque durante una de esas salidas a correr vimos tres jabalíes a apenas unos metros de la camper. Nosotros pensando en el trabajo y ellos paseando tan tranquilos como si aquello fuera suyo, que probablemente lo era antes que nuestro.



Pignone y Porto Venere
De camino hacia Porto Venere paramos en Pignone, un pueblo pequeño de esos que no salen en las listas de «10 lugares imprescindibles de Italia» y que precisamente por eso suelen gustarnos más. Tiene un puente bonito, un río agradable y una plaza cuidada con flores. No merece recorrer media Italia para verlo, pero si pasas por allí, para. Nosotros lo hicimos y nos dejó mejor sabor de boca que muchos sitios mucho más famosos.
Luego llegó Porto Venere. Y aquí ya empezamos con los problemas serios. Porque cuando un sitio te obliga a repetir cada cinco minutos «hostia, qué bonito», sabes que algo está pasando. Las casas de colores son espectaculares, sí, pero lo que realmente nos gustó fue todo lo demás. La fortaleza, la iglesia junto al mar, las vistas desde el mirador y ese ambiente que hace que te olvides durante un rato del resto del mundo.



Después de Dolceacqua, Porto Venere se colocó directamente en la parte alta de nuestro ranking italiano.
Y sí, Jack también tuvo su sesión de fotos con veleros de fondo. Porque aquí todos trabajamos.
¿Y Cinque Terre?
Seguro que alguno se está preguntando por qué hemos pasado por esta zona de Italia y no hemos visitado Cinque Terre.
La respuesta es sencilla: no era el momento.
Entre el parking de la DogVan, los trenes para movernos entre los pueblos y el billete de Jack, la visita suponía un gasto importante. Pero más allá del dinero, lo que realmente nos hizo cambiar de idea fue la cantidad de gente que había esos días.
Aparcamientos llenos, pueblos abarrotados y miles de turistas moviéndose de un sitio a otro.
Y siendo sinceros, después de varios años viajando con Jack, sabemos cuándo un lugar puede convertirse más en una fuente de estrés que en una experiencia agradable.
Así que hicimos algo que cada vez hacemos más a menudo cuando viajamos: dejarlo para otra ocasión.
Cinque Terre sigue pendiente. Pero preferimos volver en temporada baja y disfrutarlo con más calma los tres.



Pisa
A Pisa llegamos prácticamente porque nos pillaba de camino y porque, ya que estábamos, había que verla. Encontramos un aparcamiento, vimos otra camper aparcada y aplicamos la técnica universal del viajero en furgoneta:
«Si ese está ahí, nosotros también podemos.»
La Torre de Pisa nos sorprendió más de lo que esperábamos. Es más pequeña de lo que parece en las fotos, pero todo el conjunto es espectacular. La catedral, el baptisterio, las murallas y el césped perfectamente cuidado hacen que la visita merezca mucho la pena.


Eso sí, mientras cientos de personas intentaban sujetar la torre para hacerse exactamente la misma foto que llevan haciéndose millones de turistas desde hace décadas, nosotros hicimos lo que mejor sabemos hacer: una foto con Jack y a seguir caminando.
Misión cumplida. La torre sigue inclinada.
Primeras dosis de Toscana
Después de Pisa llegaron San Miniato y Vinci.
San Miniato nos pareció correcto. Está ahí. Existe. Lo vimos. Seguimos adelante.
Vinci nos gustó bastante más. La parte alta tiene encanto, buenas vistas y ese ambiente tranquilo que tanto agradecemos después de varios días de carretera.


Pero lo importante no eran los pueblos, lo importante era lo que empezábamos a ver entre ellos.
Por primera vez aparecieron las colinas llenas de viñedos, las casas perdidas entre campos y esos paisajes que llevábamos años viendo en películas, documentales y fotografías.
Y los dos empezamos a decir lo mismo: «Vale. Ahora sí estamos en la Toscana.»


Florencia nos dio una bofetada de realidad
No somos especialmente de ciudades. De hecho, normalmente preferimos los pueblos. Por eso Florencia nos pilló completamente desprevenidos.
Aparcamos fuera del centro, bajamos andando desde Porta Romana y cuando llegamos a la Piazza del Duomo nos quedamos mirando como dos pardillos. Porque resulta que cuando tienes delante el Battistero de Giovanni y la Cattedrale di Santa María del Fiore te quedas embobado mirándolos como si fuera la primera iglesia que ves en tu vida.
Luego llegó el segundo aprendizaje florentino: No te tomes un café en la Piazza del Duomo. Te lo van a cobrar como si incluyera una pequeña participación en la catedral.
Nos clavaron el café como a dos turistas recién bajados del autobús y aprendimos una valiosa lección. Fallo nuestro. Nos dejamos atraer por la belleza y se nos nubló la mente.



Pizza, Ponte Vecchio y una tarde de las que se recuerdan
Una de las mejores recomendaciones que podemos dar después de visitar Florencia es muy sencilla, pero tiene varios pasos:
- Cruza el Ponte Vecchio hacia el lado contrario del centro, y nada más pasar verás un pequeño local con porciones de pizza. Nosotros encontramos porciones a 3,50 euros después de ver sitios donde prácticamente te pedían una hipoteca por dos trozos de pizza.
2. Compra una porción de pizza.
3. Ve a uno de los puentes y mira el atardecer



Y allí estuvimos, comiendo pizza. Mirando el atardecer, viendo cómo cambiaba la luz sobre Florencia. Y entendiendo perfectamente por qué tanta gente habla maravillas de esta ciudad.
Lo mejor de Florencia no fueron los monumentos, fue callejear, fue perderse, fue encontrar rincones sin buscarlos, y fue comprobar que, pese a ser una ciudad enorme, se siente mucho más tranquila de lo que recordábamos de Roma.
Además, Jack estuvo bastante cómodo durante toda la visita, algo que para nosotros siempre suma puntos. Porque si él va tranquilo, nosotros disfrutamos el doble.
San Gimignano
Llegamos a San Gimignano por la tarde y decidimos esperar a la noche para verlo.
Y madre mía, qué acierto.
Menos gente, menos ruido, menos estrés para Jack, y un pueblo que parece sacado directamente de una película medieval.
Las torres, las calles empedradas y la tranquilidad de pasear casi solos hicieron que la experiencia fuera espectacular.



Además, desde fuera parece pequeño. Te metes dentro y aquello no se acaba nunca. Calles. Plazas. Torres. Tiendas. Más calles. Más plazas. Más torres.
A día de hoy es probablemente el pueblo medieval más bonito que hemos visto en Italia, y creemos que haberlo visitado de noche tuvo mucho que ver.
Además, Jack pudo disfrutarlo sin agobios. Menos turistas, menos perros y menos estrés. Y cuando viajas con un perro con conductas reactivas, eso vale oro.



Siena
Siena fue curiosa.
Al principio no nos decía absolutamente nada, hasta que apareció la Piazza del Campo, y ahí la cosa cambió.
Luego apareció la catedral, y volvió a cambiar. Al final nos gustó. Menos de lo que esperábamos, pero no estuvo mal para un paseo.
No consiguió emocionarnos tanto como Florencia o San Gimignano, pero tampoco pasa nada. No todos los sitios tienen que convertirse en favoritos.


La Toscana que llevábamos años imaginando
Pero el mejor momento de la semana llegó cuando encontramos un sitio para dormir entre viñedos.
Nos sentamos a ver el atardecer. Jack se puso a destrozar un palo, que es una actividad que domina a nivel profesional, y nosotros simplemente nos quedamos mirando.
Sin pensar en reuniones. Sin pensar en kilómetros. Sin pensar en nada. Y fue entonces cuando vimos exactamente lo que siempre habíamos imaginado de la Toscana.
Las colinas.
Las viñas.
La tranquilidad.
El silencio.
Y la sensación de estar exactamente donde querías estar cuando empezaste a planear este viaje.
Y mientras nosotros discutíamos sobre si el mejor atardecer seguía siendo el de Campo de Criptana o si la Toscana acababa de ponerse en cabeza, Jack seguía centrado en lo importante: Su palo.
