Primera semana de vuelta por Francia

Después de seis semanas recorriendo Italia, empezamos la vuelta hacia casa cruzando de nuevo a Francia por el puerto del Pequeño San Bernardo.

La semana arrancó en alto, literalmente, porque dormimos junto al Lago Verney, a más de 2.000 metros de altitud, rodeados de montaña, fresco, silencio y restos de nieve en pleno verano.

Por la mañana aprovechamos para trabajar un rato allí, con esas vistas y después subimos los pocos kilómetros que nos quedaban hasta la frontera. Foto con el San Bernardo, despedida oficial de Italia y comienzo de esta nueva etapa con la DogVan, Jack y bastante calor esperándonos al otro lado.

Bajar despacio también es parte del viaje

Antes de bajar hacia Francia, paramos en la zona de servicios que hay casi en la cima. Y hay que decirlo: está muy bien pensada para quienes viajamos en camper. Puedes vaciar aguas, llenar agua limpia y empezar la bajada preparado.

La bajada del Pequeño San Bernardo fue bien. La hicimos despacio, en segunda y tercera, a unos 30 o 40 kilómetros por hora, sin llegar prácticamente a los 50. Mucho freno motor, poca prisa y vistas preciosas.

Paramos varias veces a hacer fotos.

Lo más bestia fue el cambio de temperatura: arriba estábamos a unos 15 grados y, al llegar abajo, ya marcaba 29.

Bienvenidos de nuevo al verano.

Bourg-Saint-Maurice y vuelta al modo Francia

Paramos en Bourg-Saint-Maurice, junto al río Le Versoyen. No fue una parada de turismo intenso, sino más bien de descanso, compra y reorganización. Veníamos de Italia, donde era bastante normal encontrar cosas abiertas hasta las ocho o las nueve de la tarde, y tocó volver al modo Francia: horarios más cortos, pueblos medio cerrados y menos margen para improvisar a última hora.

La idea era visitar Conflans, en Albertville, pero entre el aparcamiento complicado, las limitaciones para la camper, el tráfico, una cuesta importante y el calor, decidimos pasar. No nos apetecía dar vueltas para acabar sudando, de mala leche y con Jack tragándose un plan que no tenía ningún sentido.

Así que ese día fue lo que fue: trabajo, ejercicio, compra, descanso y avanzar.

Sainte-Croix-en-Jarez: el cortijo francés

La siguiente parada fue Sainte-Croix-en-Jarez. Sobre el papel prometía, pero a nosotros no nos dijo gran cosa. Por fuera tenía más encanto que por dentro, pero una vez cruzabas al interior la sensación era bastante distinta: zonas de tierra, un poco descuidado y poco que invitara a quedarse.

Miguel lo definió al día siguiente como “un cortijo”, y la verdad es que ya no pudimos quitarle esa imagen de encima.

Dormimos muy tranquilos, eso sí. Como lugar para pasar la noche estuvo bien, pero si nos preguntan si merece la pena subir hasta allí con la camper o autocaravana, nuestra respuesta sería clara: no.

Pradelles: un 5,5 y gracias al área

Después seguimos hasta Pradelles, donde llegamos con algo más de esperanza porque aparece como uno de esos pueblos bonitos de Francia que, en teoría, deberían justificar la parada.

Nuestra nota fue un 5,5.

Tenía alguna calle bonita, algún rincón curioso y cuatro fotos que se podían sacar, pero poco más. No fue un pueblo que nos invitara a perdernos, a seguir buscando callejuelas.

El problema es que veníamos de Italia, y claro, después de semanas encontrando pueblos llenos de vida, plazas cuidadas, fachadas bonitas, cafeterías y sitios en los que apetecía caminar sin rumbo, esta parte de Francia nos estaba sabiendo a poco.

Lo mejor de Pradelles fue, sin duda, el área de autocaravanas. Estaba cerca del pueblo, tenía una sombra brutal, buena temperatura y posibilidad de cambiar aguas. La camper quedó algo desnivelada y la conexión iba fatal, pero para descansar y pasar la noche nos vino de maravilla.

Belcastel: por fin remontó Francia

Y entonces llegó Belcastel.

Después de varios días bastante flojos en lo turístico, necesitábamos reconciliarnos un poco con Francia. Y Belcastel lo consiguió.

Nos encantó. Pero de verdad.

Es un pueblo medieval precioso, con su puente, el río, las casas de piedra, las vistas y esa sensación de lugar cuidado que tanto estábamos echando de menos. Por fin un sitio en el que apetecía mirar alrededor, hacer fotos y disfrutar del paseo sin pensar: “bueno, ya está, nos vamos”.

Tendrá si propio post, así pues, no os contamos más.

Una tormenta que nos salvó del calor

Además, la visita tuvo su punto especial. Veníamos de un día de muchísimo calor, con 38 o 39 grados en carretera, y al llegar allí la furgo marcaba unos 37. Aun así, no daba esa sensación tan asfixiante, y justo cuando estábamos abajo del todo, junto al río, empezó a llover.

Nos refugiamos un rato en un pórtico, pero lejos de fastidiarnos la visita, fue casi lo mejor que podía pasar. Nos refrescó a nosotros, refrescó el ambiente y hasta la DogVan agradeció ese respiro después de tanto calor. Jack también pudo respirar un poco mejor, y eso, para nosotros, ya cambia el día entero.

El parking de Belcastel es de pago y solo permite estacionar durante el día, no pernoctar. El precio rondaba los tres o cuatro euros por unas horas y, sinceramente, nos pareció justo. Cuando pagas por aparcar en un pueblo bonito, cuidado y que merece la pena.

Monteils: parar, limpiar y poner orden

Como en Belcastel no podíamos dormir y además había poca cobertura, avanzamos hasta Monteils, cerca de Najac. Encontramos un área tranquila, con verde y árboles, perfecta para pasar la noche y ver MotoGP al día siguiente sin tener que movernos demasiado pronto.

Nos quedamos allí hasta después del café. Fue una mañana de puesta a punto: motos, limpieza, ejercicio y ordenar un poco la DogVan y la cabeza. La idea era visitar Najac después, porque lo teníamos a pocos minutos, pero otra vez mandó el calor.

Había unos 36 grados, aunque la sensación era bastante peor, y con Jack, esas cosas no se negocian.

Najac se queda para otro momento

Nos puede apetecer mucho un pueblo, una foto o una visita, pero si hace ese calor, no se hace y punto. No vamos a poner a Jack a caminar sobre asfalto ardiendo ni a pasar un mal rato solo por el “ya que estamos aquí”.

Así que cambiamos de plan y decidimos huir.

Hicimos unas tres horas y media de carretera hasta Valentine, ya subiendo hacia la zona del Pirineo, buscando temperaturas algo más llevaderas. Seguía haciendo calor, pero veníamos de bastante más, y la idea es quedarnos por esta zona hasta que en Euskadi bajaran un poco las máximas.

Oloron-Sainte-Marie: buscar sombra antes que turismo

Al final, tampoco vimos Saint-Bertrand-de-Comminges. Otra vez ganó el calor, la lógica y la necesidad de buscar un sitio donde descansar bien.

Seguimos avanzando hasta Oloron-Sainte-Marie, más cerca ya de Euskadi, buscando un área con sombra y una zona en la que poder estar tranquilos y trabajar al día siguiente, y, de momento, al menos eso lo encontramos: sombra, un sitio decente para parar, algo de cobertura (que Francia no nos lo está poninedo fácil), y la sensación de que al día siguiente podríamos ver el pueblo con más calma.

Porque esta semana ha ido justo de eso. De querer visitar, sí, pero también de saber cuándo parar. Con Jack, la sombra no es un capricho y el calor no es una excusa: es lo que marca el plan.

Si hay que dejar un pueblo pendiente para buscar un área más fresca, se deja. La visita ya vendrá, si el día acompaña.

Una semana muy real de camper

Esta primera semana de vuelta por Francia ha sido una mezcla rara: trabajo, carretera, calor, pueblos que no nos han dicho gran cosa, áreas que nos han salvado el día y Belcastel como gran sorpresa bonita.

No ha sido una semana espectacular en lo turístico. De hecho, nuestra idea era tardar otras dos semana en recorrer todos los kilómetros que hemos recorrido, pero también ha sido una semana muy real de viaje en camper en verano: avanzar, parar, cambiar planes, buscar sombra, mirar la cobertura, mirar la temperatura y decidir con cabeza.

Y eso también es viajar.

No todo son pueblos preciosos, fotos bonitas y planes que salen redondos. A veces viajar es sudar, descartar, conducir más de lo previsto y encontrar un área decente.

Porque viajando con Jack, el calor no es un detalle. Él es lo primero.

La última semana antes de volver a Bizkaia

La próxima semana ya será la última de esta serie especial de vlogs de nuestro viaje por Francia e Italia. Después de muchas semanas en ruta, de costa, montaña, pueblos, áreas, calor, trabajo, carretera y mucha vida dentro de la DogVan, toca ir acercándose a Bizkaia para ver a la familia y volvernos a casa, a Cuenca.

No sabemos todavía cómo será la llegada, porque si algo nos ha enseñado este viaje, es que los planes cambian bastante rápido. Pero sí sabemos una cosa: estamos ya en ese tramo final en el que empiezas a mirar hacia casa con ganas, pero también con esa sensación rara de que se está cerrando una etapa muy grande.

Nos leemos la semana que viene.

Deja un comentario