Nuestra idea era pasar una o dos semanas recorriendo Portugal con la DogVan, sin demasiados planes, trabajando por el camino y disfrutando de la posibilidad de ir parando donde nos apeteciera. Pero al final, los planes duraron poco.
Salimos de casa de los padres de Arantxa y nuestra primera parada fue San Martín de Trevejo, uno de los pueblos incluidos en la lista de Los Pueblos Más Bonitos de España. Teníamos ganas de conocerlo y, ya que estábamos por la zona, nos acercamos.



Es un pueblo pequeño, con ese tipo de arquitectura tradicional que recuerda bastante a La Alberca o Mogarraz. Fachadas de piedra y entramados, calles estrechas y las acequias que llevan agua por mitad de algunas de ellas. También nos gustó mucho el lavadero, con la figura de una mujer lavando, y la plaza, que tenía bastante ambiente porque estaban preparando las fiestas.
Nos gustó, pero nuestra sensación fue que es más un sitio para parar si estás por la zona que un lugar al que haríamos kilómetros expresamente para ir. Es bonito, tiene encanto y se pasea rápido, pero se queda en unas pocas calles y la plaza.



Entonces sí: cruzamos a Portugal
Nada más entrar en el país, la DogVan nos avisó de que tocaba cambio de aceite.
Así que, en lugar de seguir alejándonos de Cáceres, nos sentamos con los ordenadores, buscamos el aceite y el filtro que necesitábamos y los pedimos para que llegaran a casa de los padres de Arantxa.
Eso nos dio unos días para recorrer la parte de Portugal más cercana a Cáceres. Y decidimos aprovecharlos para hacer una pequeña ruta, sabiendo que nuestra idea inicial de estar una o dos semanas por el país acababa de acortarse.



Nuestra primera parada portuguesa fue Penamacor
El pueblo en sí no nos pareció especialmente espectacular, pero en la parte alta encontramos una fortaleza que nos gustó muchísimo más. Recorrimos las murallas, vimos las torres y disfrutamos de las vistas. La muralla estaba abierto y se podía recorrer prácticamente a nuestro aire, sin nadie que nos estuviera siguiendo ni cobrando por cada rincón.
Acabamos llegando hasta el Poço d’El-Rei, donde aprovechamos para hacer unas fotos con Jack y tomarnos un café. Y, sorprendentemente, estaba bastante bueno.



Esa noche dormimos junto a la piscina de Penamacor, en una zona elevada donde corría el aire. Estuvimos súper tranquilos, frescos y sin prácticamente nadie alrededor, así que dormimos fenomenal.
Al día siguiente seguimos hacia Castelo Branco, aunque principalmente porque necesitábamos cambiar aguas. La ciudad no nos llamó especialmente la atención y nos pareció más una ciudad que el tipo de lugar que estábamos buscando en esta escapada.



Así que volvimos a buscar naturaleza
Y encontramos un pequeño lago a unos quince minutos de Castelo Branco, en una zona preparada para la pesca. Cuando llegamos había una familia pescando y también estaban los agentes de la Guarda Nacional Republicana.
Les preguntamos si podíamos pasar allí la noche y nos dijeron que sí, siempre que fuera solamente una noche. Y ese sitio acabó siendo probablemente uno de los mejores momentos de todo el viaje.
Desde aproximadamente las seis de la tarde hasta la mañana siguiente estuvimos prácticamente solos. No había música, no había fiesta, no había gente entrando y saliendo. Solo naturaleza y silencio.
De hecho, mientras desayunábamos pasó un señor haciendo senderismo. Jack le ladró, el hombre siguió caminando y desapareció. Fue casi como un espejismo. Y eso era precisamente lo que estábamos buscando.
El día anterior habíamos estado en una zona de río que, aunque tenía buena pinta, estaba llena de gente y además había fiesta y DJ en el chiringuito. Así que decidimos marcharnos.
Nosotros no buscábamos eso, queríamos estar tranquilos, y allí lo conseguimos.
Al día siguiente emprendimos ya el último tramo de la escapada. Esa mañana recibimos el mensaje de los padres de Arantxa: el aceite y el filtro ya habían llegado.




Así que antes de volver nos quedaban dos pueblos que queríamos conocer: Castelo de Vide y Marvão.
Castelo de Vide nos pareció un pueblo pequeño y cuco, con ese aspecto de pueblo blanco que perfectamente podría estar en Andalucía. Nos dimos una vuelta, tomamos un café y disfrutamos del paseo.
Eso sí, nuestra sensación fue que está algo menos cuidado que muchos pueblos españoles, especialmente en algunas fachadas.



Y después llegamos a Marvão
Y aquí sí tenemos que decirlo: nos encantó.
Es un pueblo blanco precioso, muy cuidado y muy tranquilo. Tiene casas rurales, cafeterías, restaurantes y bastante oferta para alojarse o comer, pero mantiene esa sensación de pequeño pueblo de montaña que nos gusta tanto.
Además, el castillo admite perros, así que pudimos entrar con Jack. La entrada nos costó 3 € y, aunque la visita se hace bastante rápido, está muy bien conservado, tiene unas vistas espectaculares y hasta hay una tienda de souvenirs dentro. Para nosotros, la gran sorpresa de esta escapada.



Y después de Marvão, pusimos rumbo de vuelta a casa de los padres de Arantxa.
Al día siguiente tocaba hacer el cambio de aceite de la DogVan. Y aquí vuelve a entrar en acción nuestro mecánico oficial: el padre de Arantxa, que es un crack y siempre nos hace el cambio de aceite, tanto al 500 como a la DogVan.
Así que lo que empezó como una ruta de una o dos semanas por Portugal terminó convirtiéndose en cuatro días por la zona más cercana a Cáceres.



Pero, sinceramente, no creemos que haya salido nada mal
Hemos descubierto pueblos nuevos, hemos dormido en plena naturaleza y completamente solos, hemos trabajado desde la furgo, hemos visto una vaca atravesando un parking mientras comíamos, hemos encontrado sitios que no estaban en nuestros planes y hemos descubierto Marvão, que se queda como uno de nuestros favoritos.
No hemos recorrido Portugal entero. Ni muchísimo menos.
Pero tampoco era cuestión de correr para tachar lugares de una lista.
Teníamos cuatro días, era agosto, la DogVan necesitaba un cambio de aceite y tocaba improvisar. Y quizá precisamente por eso hemos disfrutado tanto de esta pequeña ruta.
