Vamos a decir algo que igual escuece un poco.
Si sales a pasear con tu perro mirando el teléfono… no estás paseando con tu perro. Estás paseándolo.
Como quien baja la basura.
Como quien cumple un trámite.
Como quien marca una casilla del día.
“Ya ha salido.”
“Ya ha hecho sus cosas.”
“Listo.”
Mientras tanto, tu perro está viviendo el mejor momento de su día.
Oliendo el mundo como si fuera la primera vez. Leyendo mensajes invisibles en cada esquina. Mirándote para compartir algo que tú no estás viendo… porque estás viendo una story.
Y sí, lo hemos normalizado, lo hace mucha gente, y no, no es lo mismo.
Nosotros no hablamos desde la teoría
Con Kira ya paseábamos bastante presentes y es que nunca hemos sido de ir pegados al móvil constantemente, pero claro que lo hemos sacado alguna vez.
Un mensaje rápido.
Un vistazo tonto.
Una distracción pequeña.
Hasta que llegó Jack, porque Jack no te permite distracciones. Tiene conductas reactivas y necesita que estés. Necesita que leas el entorno, que te anticipes con él, y que lo acompañes.
Con el educador entendimos algo que parece obvio pero no lo es: No puedes estar en redes y en tu perro a la vez.
No puedes detectar tensión si estás respondiendo un audio.
No puedes regular una emoción si no estás presente.
No puedes pasear con él si estás paseando al perro.
Y ahí cambió todo.
Pasear AL vs Pasear CON
Pasear al perro es:
– Salir porque toca.
– Mirar el reloj.
– Revisar notificaciones.
– Tirar un poco de la correa.
– Decir “vamos” sin mirar atrás.
Pasear con tu perro es:
– Mirar lo que él mira.
– Pararte cuando se para.
– Entender por qué hoy está más tenso.
– Reírte cuando hace el cabra.
– Caminar a su ritmo (aunque sea lento).
se trata de estar más consciente.
Y sí, nosotros grabamos vídeos, viajamos en camper y sacamos el móvil, pero lo sacamos para capturar el momento con él, no para escapar del momento con él.
No es lo mismo documentar lo que estás viviendo que desconectarte de lo que estás viviendo.
Cuando los paseos empiezan a cambiar
Hay algo que nadie te cuenta: Un día los paseos se vuelven más lentos, más cortos, más pausados.
Un día tu perro ya no corre detrás de los gatos.
Ya no tira con fuerza.
Ya no ladra como si fuera el dueño del barrio.
Con Kira lo vivimos todo.
Vivimos sus locuras, sus carreras, sus ladridos a otros perros cuando todavía tenía energía de sobra, y sus persecuciones imposibles.
Y también vivimos la otra parte.
El síndrome de Cushing, la ansiedad por la comida, el tener que ir pendientes de cada cosa que había en el suelo porque se lo comía todo.
Vivimos los paseos lentos, vivimos la paciencia, vivimos el ir a su ritmo.
Pocos días antes de que se nos fuese grabamos un video de ella paseando lento y lo subimos a redes con este texto: “Momentos únicos. Kira nos está enseñando a trabajar nuestra paciencia».
Sus paseos ya eran despacio, muy despacio. Incluso en mochila.
Como digo, a los pocos días se fue.
Y aunque duele —porque siempre duele—, hay algo que nos sostiene: No nos lo perdimos ni un momento. Estuvimos presentes en cada paseo, en cada ladrido, en cada visita al veterinario.
No estábamos mirando una pantalla mientras ella nos miraba a nosotros. Estábamos con ella, y eso se queda grabado para siempre.
La verdad incómoda
Algún día Jack no estará y ese día se nos hará muy duro.
Podemos decir que, por suerte, cuando Kira se fue, teníamos a Jack y eso nos ayudó a seguir saliendo de paseo, a seguir caminando, a no quedarnos congelados. Por que se nos fue dos meses antes de tener nuestra DogVan, y si no hubiese sido por Jack, quizás no le hubiésemos hecho 10.000km en seis meses.
Pero llegará el día en que ni Kira ni Jack estén para sacarnos a pasear y lo único que quedará será el recuerdo.
Por eso este post no va de culpa, va de conciencia.
Si hoy, después de leer esto, guardas el móvil en el bolsillo durante el paseo, si miras más a tu perro, si caminas más con él que detrás de él, si eliges estar. Ya está.
Con ayudar a uno, a un perro y a su humano, nos vale.
