Hay sitios que no eliges por una guía ni por Instagram.
Los eliges porque llegan en el momento justo.
Para nosotros, Mazarrón es eso.
La primera vez que fuimos fue en diciembre de 2023, después de uno de esos momentos que te dejan con el cuerpo cansado y el alma en tensión: la operación de Kira. Nos acababan de dar el alta veterinaria tras su operación de vesícula biliar y necesitábamos celebrar que todo había salido bien. Respirar. Cambiar de aire. Sentir que la vida volvía a colocarse en su sitio.
Pasamos de estar en Cuenca, tapados hasta arriba, a pasear por Mazarrón con vestido, medias y chaqueta fina en pleno diciembre. Ese contraste fue casi terapéutico. Luz, mar, calma.




Fue un viaje sin pensar demasiado:
—Aquí parece que va a hacer bueno.
—Pues vámonos.
Y acertamos.
Desde entonces hemos vuelto una y otra vez. Ocho, nueve veces… hemos perdido la cuenta. Primero en apartamento, y las dos últimas ya con la Dogvan. Mazarrón se convirtió en ese sitio al que siempre apetece regresar.
Nos enamora toda la zona:
La Azohía, con ese aire tranquilo que te baja las revoluciones.
Isla Plana, sencilla y preciosa.
La Cueva del Agua, que una vez visitamos casi de noche, prácticamente solos, y nos pareció aún más especial.


También subimos a las Baterías de Castillitos, aunque aquí va el aviso importante: no recomendamos subir con camper ni autocaravana. Nosotros lo hicimos en su día con nuestro Guido (Fiat 500) y casi dejamos medio coche allí. Las vistas son espectaculares, sí, pero el acceso es muy estrecho y complicado. Solo para coches pequeños… y con mucho cuidado.
Mazarrón también es pasear por el puerto, por la playa del Puerto, una de nuestras favoritas.
Eso sí, aviso práctico: no os pidáis dos colacaos allí si no queréis llevaros una sorpresa en la cuenta 😅 (más de seis euros… experiencia real).
Pero si hay algo que nos tiene completamente enamorados es el amanecer.



Siempre que podemos subimos al Sagrado Corazón de Jesús, junto al faro. En invierno, el sol sale justo enfrente y el espectáculo es difícil de describir. Luz suave, mar en calma, silencio. De esos momentos que no se graban solo en la cámara, sino en el cuerpo.
Y, por supuesto, están las calas de Bolnuevo zona de calas nudistas (nuestra cala). Nuestro lugar de paz. Allí vamos a desnudarnos, a bañarnos en el mar, a descansar durante horas. Antes éramos cuatro, ahora somos tres… pero la esencia es la misma: calma, conexión y tiempo sin prisa.







Mazarrón nos encanta, sí.
Pero también todo lo que la rodea.
Es un lugar al que siempre volvemos porque allí empezamos a celebrar algo muy importante: que todo iba bien.
Y quizá por eso, cada vez que regresamos, se sigue sintiendo como casa.
