Matera

Matera nos jodió el ranking.

Llegamos pensando que íbamos a dar una vuelta antes de dormir y terminamos ampliando nuestro listado de enamoramientos viajeros porque aquello no cabía ya en un simple Top 5. Ni siquiera sabíamos muy bien qué íbamos a encontrarnos, pero bastaron unos minutos para empezar con el “qué chulo” y acabar dos horas después preguntándonos qué hostias era aquel sitio.

Habíamos pasado toda la mañana trabajando en el camping y salimos de la zona de Nápoles alrededor de la una y media. Paramos a comer en una gasolinera, más tarde hicimos otra parada para tomar café y decidimos seguir avanzando para quitarnos kilómetros de cara al día siguiente.

Intentamos trabajar durante el trayecto, pero las carreteras italianas tenían otros planes. Entre baches, traqueteos y el portátil bailando encima de las piernas, fue imposible hacer nada medio decente. Así que seguimos hasta Matera y encontramos un aparcamiento con otras campers y autocaravanas relativamente cerca del centro.

Cenamos en la furgo y salimos a dar una vuelta con Jack. Y menos mal.

Matera de noche juega en otra liga

Nada más llegar a la parte alta ya nos pareció muy bonita. La piedra clara, las casas, las luces y las vistas hacia la zona antigua prometían bastante. Pero todavía no habíamos entendido nada.

Empezamos a bajar por sus calles y aquello se fue completamente de madre.

Cada vez que pensábamos que ya habíamos visto la zona principal, subíamos unas escaleras, girábamos una esquina o nos metíamos por un callejón y aparecía otro barrio excavado en la roca, otro mirador y otra sucesión de casas iluminadas extendiéndose por la ladera.

No era una calle bonita, no eran cuatro fachadas preparadas para la foto. Era todo el conjunto.

Matera se despliega en distintos niveles y hace que nunca tengas del todo claro dónde estás ni qué vas a encontrarte al doblar la siguiente esquina. Nosotros pensábamos que unas escaleras nos devolverían al punto de partida y acabamos apareciendo en otra zona completamente diferente, con más vistas, terrazas y calles encajadas en la roca.

Y otra vez: —¿Pero qué es esto?

Los Sassi, la roca y una ciudad perfectamente aprovechada

La parte histórica de Matera es conocida por los Sassi, sus antiguos barrios formados por viviendas y construcciones excavadas o integradas en la roca.

Nosotros no llevábamos una clase de historia preparada ni íbamos buscando edificios concretos. Íbamos paseando, haciendo fotos y procurando que Jack pudiera recorrerlo todo tranquilamente con nosotros. Pero incluso sin saber demasiado sobre el lugar, resulta imposible no quedarse mirando cómo han aprovechado cada hueco.

Vimos restaurantes integrados en la piedra, pequeños bares, cafeterías y terrazas llenas de flores. En uno de los locales, la propia roca formaba una especie de sofá dentro del establecimiento. No habían intentado esconderla ni taparla: la habían convertido en parte del negocio, y eso se repetía por todas partes.

Matera es muy turística, sí, pero nos pareció que está explotada con muchísimo gusto. Tiene restaurantes, alojamientos y comercios, pero están tan bien integrados que no destrozan el entorno. Al contrario, hacen que la ciudad se sienta viva.

No es uno de esos cascos históricos muy bonitos pero completamente muertos cuando cae la tarde. Había gente cenando, terrazas cuidadísimas y ambiente en las calles, aunque cuando llegamos algunos establecimientos ya empezaban a cerrar.

También nos llamó la atención el color de la piedra. Es mucho más clara que la de otros pueblos que habíamos visto y, con la iluminación nocturna, todo adquiría un tono dorado que hacía que pareciera un escenario.

La temperatura perfecta para disfrutar Matera con perro

La hora a la que llegamos fue clave.

Habíamos salido de la camper con unos 27 grados y la temperatura fue bajando hasta quedarse alrededor de los 25. Después del calor que llevábamos sufriendo durante aquellos días, aquello era gloria bendita.

Pudimos pasear durante más de dos horas sin achicharrarnos y sin someter a Jack a temperaturas absurdas. Él también agradeció poder callejear sin el asfalto ardiendo y sin tener que ir buscando desesperadamente la siguiente sombra.

En verano, visitar Matera durante las horas centrales del día tiene que ser bastante duro, especialmente si viajas con perro. Nuestra experiencia fue perfecta porque fuimos entre semana, al anochecer y con una temperatura muy agradable.

De hecho, aunque seguramente de día se aprecien mejor algunos detalles, creemos que Matera se tiene que ver de noche. Las luces marcan los distintos niveles de la ciudad, resaltan las casas excavadas en la roca y convierten las vistas en una auténtica barbaridad.

Dos chocolates de 60 céntimos y un plan perfecto

Después de unas dos horas caminando, encontramos una máquina de autoservicio y nos compramos dos chocolates calientes: uno normal y otro de chocolate intenso.

Sesenta céntimos cada uno.

Arantxa se quemó la lengua porque aquello salía prácticamente del núcleo de la Tierra, pero nos sentaron de puta madre, y ese fue el gran plan de la noche.

No reservamos en un restaurante con vistas ni buscamos una experiencia preparada para turistas. Simplemente recorrimos Matera con Jack, nos perdimos por sus calles y terminamos tomando dos chocolates de máquina.

No nos hizo falta nada más.

A veces parece que, para disfrutar de un lugar espectacular, también tienes que montarte un plan espectacular. Y no. Aquella noche fue perfecta precisamente por lo sencilla que fue.

Matera entró directamente en nuestro número uno

Pompeya sigue estando por encima en cuanto a experiencia histórica porque lo que vimos allí es difícil de comparar con nada. Pero si hablamos de una ciudad histórica que continúa viva, Matera se colocó directamente en lo más alto de nuestro ranking.

Nos encantó cada rincón, las calles, las vistas, la roca, los restaurantes, las luces, la temperatura, el ambiente, y esa sensación constante de que, cuando creías que ya lo habías visto, aparecía otra zona todavía más impresionante.

Llegamos casi por cabezonería, después de haber trabajado toda la mañana y de alargar una jornada de carretera que inicialmente iba a terminar bastante antes, y acabamos encontrándonos con una de las mayores maravillas de todo nuestro viaje por Italia.

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