Salimos de España con la DogVan cargada hasta arriba, una ruta más o menos organizada y un objetivo claro: llegar hasta Nápoles sin hacerlo todo con prisas.
Volvimos más de dos meses después con 8.022,8 kilómetros recorridos y 224 horas y 37 minutos de conducción. Eso son 9 días, 8 horas y 37 minutos literalmente al volante.
Y eso sin contar las horas buscando dónde dormir, repostando, haciendo la compra, aparcando, buscando sombra o dando vueltas porque ese pueblo tan bonito que aparecía en el mapa tenía una entrada imposible para la DogVan.
Durante el viaje atravesamos Francia dos veces, recorrimos buena parte de Italia, llegamos hasta Nápoles, cruzamos los Alpes y terminamos regresando por Francia.
Pero, sobre todo, vivimos durante más de dos meses en nuestra camper, seguimos trabajando desde ella y viajamos con Jack, y eso último condicionó muchísimo más la ruta de lo que podríamos haber imaginado.


Viajar despacio funciona
Una de las cosas que teníamos claras desde el principio era que no queríamos hacer kilómetros porque sí. Intentamos conducir poco cada día, evitar peajes siempre que podíamos y quedarnos varios días en algunos lugares.
No queríamos llegar a un sitio, hacer cuatro fotos y volver a la carretera, queríamos tener tiempo para pasear, trabajar, descansar, descubrir lugares y, sobre todo, disfrutar del camino. Y funcionó, aunque también aprendimos que viajar despacio no significa tenerlo todo controlado. Porque el viaje acabó cambiando muchísimo respecto a la ruta inicial.



El calor decidió por nosotros
Si hay algo que ha marcado este viaje, ha sido el calor. Muchísimo.
Hubo días en los que cambiamos completamente los planes porque no tenía sentido visitar un pueblo a pleno sol. Otros en los que salíamos al atardecer o directamente por la noche, y cuando viajas con un perro, todavía más.
No podíamos dejar a Jack dentro de la camper mientras visitábamos algo, ni caminar durante horas bajo temperaturas imposibles. La sombra, el agua y encontrar un sitio donde pudiera descansar pasaron a ser prioridades.
En algunos momentos llegamos a conducir o esperar horas simplemente para encontrar una zona más fresca.
Y aquí aprendimos una de las grandes lecciones del viaje: el mejor sitio para dormir no siempre es el que tiene las mejores vistas. A veces es, simplemente, el que tiene un árbol.



Jack también hizo la ruta
Viajar con Jack significa que muchas decisiones no se toman pensando únicamente en nosotros.
Hubo playas a las que no pudimos entrar, lugares que descartamos, horarios que cambiamos y áreas que no nos servían porque había demasiados perros o no había espacio para que estuviera tranquilo.
Pero también hubo momentos increíbles.
Correr por la montaña, jugar con nieve en pleno julio, pasear por pueblos franceses, entrar con nosotros en las cuevas de Zugarramurdi… Al final, la ruta no fue simplemente nuestra ruta con un perro. Fue nuestra ruta con Jack, y hay una diferencia enorme.



No todo fue maravilloso
Esta es probablemente una de las cosas que más nos gusta contar de nuestros viajes.
No todos los sitios nos gustaron.
Hubo pueblos que nos parecieron espectaculares y otros que nos dejaron bastante fríos, a pesar de aparecer en todas las listas de lugares imprescindibles.
También hubo áreas de autocaravanas que eran estupendas y otras que no tenían ni una sombra. Playas en las que no admitían perros, carreteras eternas, días de muchísimo calor, y momentos en los que simplemente estábamos cansados y necesitábamos parar.
Pero también aprendimos a no obsesionarnos con cumplir una ruta. Si un sitio no nos gustaba, nos íbamos. Si hacía demasiado calor, cambiábamos de plan. Si estábamos cansados, descansábamos. Y probablemente esa ha sido una de las mejores decisiones del viaje.



Trabajar desde la camper
Otra parte importante de este viaje es que no hemos estado de vacaciones durante tres meses.
Hemos seguido trabajando, hemos escrito, enviado notas de prensa, hablado con clientes, hecho seguimientos y mantenido nuestros proyectos mientras cambiábamos de país, hemos trabajado con el portátil delante de un paisaje increíble y también dentro de la camper porque fuera hacía 35 grados.
Hemos tenido días de turismo y días en los que prácticamente no salimos de la furgo porque tocaba trabajar, y sí, trabajar viajando es maravilloso.
Pero también tiene una parte menos fotogénica.
Necesitas cobertura, batería, electricidad, una temperatura mínimamente soportable y, si viajas con un perro, además necesitas que él esté bien.
Aun así, poder hacer todo esto mientras recorríamos Europa ha sido una de las mejores partes del viaje.


Lo mejor no siempre estaba en el mapa
Si tuviéramos que quedarnos con algo de estos más de dos meses, probablemente no sería un único lugar.
Nos quedamos con las montañas después de semanas de calor, con los pueblos que sí cumplieron las expectativas, con las noches tranquilas en lugares increíbles, con las carreteras secundarias, con los cafés italianos, con las conversaciones dentro de la camper, con Jack corriendo por sitios nuevos. Y con todos esos momentos que no estaban previstos en la ruta.
Porque después de más de 8.000 kilómetros, hemos llegado a una conclusión bastante clara: el viaje no ha sido la ruta que habíamos preparado.
Ha sido todo lo que ocurrió mientras intentábamos seguirla.



¿Y cuánto nos hemos gastado?
Esta es una pregunta que seguramente nos vais a hacer: no tenemos un “presupuesto del viaje” como tal.
Tenemos controlados nuestros gastos, claro, pero para nosotros esto no ha sido un viaje de vacaciones, sino nuestra vida durante más de dos meses. Hemos seguido trabajando y generando ingresos mientras viajábamos, así que no tiene mucho sentido separar cada compra del supermercado o cada café como “gasto del viaje”.
Lo que sí se ha disparado respecto a estar en casa ha sido el gasoil. Si os interesa, podemos calcular aproximadamente cuánto hemos gastado en combustible durante estos más de 8.000 kilómetros y contároslo en otro post.



Y entonces llegó la vuelta
Después de más de dos meses, llegó el momento de cruzar de nuevo la frontera, pero no hubo una gran escena, solo un: “Ya está» y esa sensación extraña de saber que unas horas después estaríamos otra vez en casa.
Con la camper llena de cosas, miles de fotografías por ordenar, muchísimo cansancio y una colección enorme de recuerdos.
Nos llevamos más de 8.000 kilómetros, casi 225 horas conduciendo, un montón de lugares nuevos y unas cuantas historias que contar. Y también una certeza: volveremos a hacerlo.
Porque ahora es cuando podemos viajar los tres juntos y disfrutar al máximo.
El legado de Kira continúa en cada viaje de la DogVan.
