La rutina nocturna de Jack en la DogVan

Hay quien se pone sérum.
Hay quien medita.
Hay quien hace journaling antes de dormir.

Y luego está Jack.

No usa crema de noche.
Pero tiene una rutina más estricta que cualquier influencer de skincare.

Y empieza siempre igual.

El momento en que ponemos las mantas

Puede estar profundamente dormido debajo de la mesa, tras su siesta oficial post-cena…
pero en cuanto oye el sonido de las mantas al colocarlas en la cama, se activa.

Sale despacio.
Se estira como si hubiera trabajado 12 horas.
Se rasca.
Se sacude.

Y acto seguido se quita las legañas generadas durante la siesta. Porque sí, ha dormido 40 minutos y necesita reajuste facial.

Después se chupa el brazo.

Y nos mira.

Con esa cara de:
—¿En serio vais a romper este ambiente tan bien construido?

Pero el protocolo sigue.

La última meadita del día

Puerta abierta.
Última meadita nocturna.
Inspección de perímetro.
Chequeo de ruidos sospechosos inexistentes.

Vuelve a entrar.

Limpieza de patas.
Limpieza de pitilín (uno puede ser pirata, pero limpio).

Y ahora sí.

Sube a la cama.

Aquí empieza el verdadero ritual

Primero: rasca las mantas como si estuviera excavando hacia Australia.

Segundo: se hace un nido.
Empuja. Arruga. Desmonta la estructura.

Tercero: Arantxa recoloca las mantas.
Porque alguien tiene que mantener la dignidad del alojamiento.

Cuarto: fase de restregado.

Durante unos 3 o 4 minutos se restriega por todas las mantas como si estuviera intentando impregnarlas de “esencia pirata”.
Se revuelca.
Se frota.
Suspira.

Y de repente…

Se queda quieto.

En la postura que haya decidido el universo.

El gran final

Le levantamos su manta.

Él se mete debajo con precisión quirúrgica.

Se acomoda.

Respira profundo.

Silencio.

Fin del espectáculo.


Da igual que estemos en la playa, en la montaña o en mitad de un parking tranquilo.

La DogVan puede cambiar de paisaje.
Pero el ritual nocturno del pirata es innegociable.

Y nosotros, sinceramente, no lo cambiaríamos por nada.

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