Guadalupe

Salimos de Trujillo rumbo a Guadalupe por una carretera de las que te reconcilian con conducir: curvas, paisajes brutales y cero prisa. De esos trayectos que ya son parte del viaje.

Llegamos a media mañana y aparcamos en el parking de abajo, el de buses, que también usan las campers y las autocaravanas.
Ojo: hay baño, pero nada de vaciado ni servicios.

El monasterio lo domina todo

Nada más subir, te plantas frente al Real Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe.
Imponente, bonito, pero con bastante gente… y ya sabéis que nosotros cuando hay demasiado postureo, desconectamos un poco.

Intentamos seguir la ruta marcada, pero duramos poco.
Somos más de perdernos, callejear y ver qué sale.

Callejear: lo mejor de Guadalupe

Aquí sí. Nos ya empezamos a ver el Arco de San Pedro, el Hospital de mujeres, la Antigua cárcel de la Inquisición y la calle Don Ruperto Cordero. Y aquí cambia la cosa.

Casas con balcones de madera, soportales, ese rollo antiguo bien cuidado… Esta parte nos gustó bastante más. Más auténtica, menos “foto rápida y me voy”.

Subimos al mirador del parque de la Constitución y pensamos que Guadalupe ya estába visto. Un paseo, sin prisas, y listo.

Pero… llegó la noche

Y aquí cambió todo. Menos gente, más silencio… y ese rollo de pueblo que respira diferente cuando cae el sol.

Nos dimos otra vuelta, más tranquilos, más a nuestro ritmo, y sí, nos gustó bastante más.

Paramos en Cafetería Atrium (dog friendly, importante 🐶), nos tomamos un Colacao calentito y volvimos a callejear.

Nuestra sensación real

Guadalupe es bonito, tiene historia, pero incluso en invierno había muchísima gente. Es normal, es muy turística, y se lo merece. Pero la preferimos de noche.

Y por supuesto, se merece estar dentro de los Pueblos más Bonitos de España.

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