Quedamos con los padres de Arantxa en Granada. Camping cerca.
Plan maestro: entrar a la Alhambra por turnos porque los perros no pueden pasar.
Todo organizado.
Todo pensado.
Todo… sin entrada.
Nos conectamos a las 12 como nos dijeron. Se estaban vendiendo entradas para meses después, sí. Pero lo inmediato, lo de la semana siguiente, ya estaba prácticamente volando.
Y nosotros ahí, en octubre, con nuestra cara de “pero si estamos ya en la puerta”.
No entramos.
Respiramos. Y seguimos.




Equipo perruno, familia completa
Viajábamos con Jack.
Y con Simba.
Simba tiene 2 años. Los padres de Arantxa lo encontraron hace año y medio y ahora es oficialmente mi nuevo hermano perruno. Punto. Está más integrado que muchos cuñados en Navidad.
Llegó con sus cosas, como todos. Ahora va pegado a los padres de Arantxa con una seguridad que da gusto verlo. Territorio controlado. Humanos elegidos. Vida resuelta.


Jack, por su parte, en modo “yo ya he visto mundo”. Tranquilo, analizando, marcando ritmo de paseo como si Granada fuese suya.
Mientras nosotros asumíamos que no pisaríamos los palacios por dentro, ellos estaban felices.
Nuevo sitio. Nuevos olores. Paseo en equipo.
Y eso ya era planazo.




La Alhambra desde fuera (que impone igual)
No cruzamos la puerta, pero paseamos por los exteriores y disfrutamos las vistas.
Un mini apunte histórico sin chapa: complejo nazarí del siglo XIII, símbolo brutal de la ciudad y uno de los lugares más visitados del país.
Impresiona aunque la mires desde fuera.
Y nosotros la miramos bien.



Subidita con premio
Nos fuimos al Albaicín.
Cuestas que no salen en las fotos de Instagram.
Arriba, el clásico de los clásicos: Mirador de San Nicolás.
La Alhambra enfrente. Sierra Nevada detrás.
Y nosotros pensando: vale, no hemos entrado… pero esto tampoco está nada mal.

Pasear, comer y repetir
Centro histórico. Calles blancas. Fachadas con plantas. Mucho paseo.
Comentario de madre. Risa. Perros cruzándose. Más paseo.
Granada tiene ese rollo que te atrapa aunque el plan principal se haya caído.




Y cuando ya volvíamos hacia el parking donde habíamos dejado el coche, Granada todavía tenía guardado un último giro de guion.
Sin buscarlo acabamos metidos en la Calle Alcaicería… y de repente aquello parecía Marrakech.
Calles estrechísimas en las que prácticamente pasas tú o paso yo, tiendas llenas de bolsos, telas y cachivaches colgando por fuera, colores por todas partes… de esas imágenes que ves en las películas cuando quieren recrear un zoco marroquí.
Y nosotros allí, mirándonos y diciendo: “pero si acabamos de aparecer en Marruecos”.
Un rincón pequeño, pero con un ambientazo brutal que fue el cierre perfecto para el paseo por Granada.



Conclusión DogVan
No entramos en la Alhambra.
Pero estuvimos todos.
Jack en su salsa.
Simba feliz con sus humanos.
Los padres de Arantxa disfrutando.
Nosotros aprendiendo que aquí, si no reservas con tiempo, te quedas fuera.
Volveremos.
Pero la próxima vez con las entradas compradas antes de cerrar la puerta de la furgo.
Y si no… pues otra vez al mirador. Que tampoco vivimos tan mal.
