Florencia fue una de esas paradas que teníamos claro que había que hacer en la ruta por Italia.
Llegamos por la tarde y fuimos directos a un parking con servicios para autocaravanas. No era un camping como tal, pero tenía lo necesario para pasar la noche y, si no recordamos mal, nos costó unos 15 euros las 24 horas. Bastante bien para estar en Florencia y poder dejar la DogVan tranquila sin meternos en el centro, que después de unas semanas conduciendo por Italia, eso ya era casi un regalo.
Aparcamos, nos tomamos un café allí mismo y nos fuimos andando hacia el centro. El parking estaba bastante bien situado, a unos 15 o 20 minutos de la zona de Porta Romana, así que la entrada a la ciudad fue bastante cómoda.
Y eso ya nos gustó.
Porque no fue de esas llegadas en las que sales de la camper y dices: “madre mía, dónde nos hemos metido”. Fue más bien un paseo agradable, con movimiento, alguna plaza bonita, restaurantes, edificios con encanto y esa sensación de que poco a poco vas entrando en una ciudad especial.


El primer flechazo: el Ponte Vecchio desde el otro puente
En vez de cruzar directamente el Ponte Vecchio, nos fuimos al puente de enfrente para verlo con perspectiva y poder hacerle una buena foto.
Y ahí Florencia ya empezó fuerte.
El Ponte Vecchio nos pareció precioso nada más verlo. Muy bonito. Muy de esos sitios que has visto en fotos, pero que cuando lo tienes delante entiendes por qué todo el mundo acaba parándose.
Después nos acercamos a cruzarlo y nos sorprendió muchísimo que todas las tiendas del puente fueran joyerías. No lo sabíamos. Pensábamos que habría un poco de todo, pero no: joyerías, joyerías y más joyerías, metidas en esas casetas antiguas que hacen que el puente tenga una estructura tan curiosa.
Eso sí, estaba lleno. Como era de esperar.
Pero no nos pareció agobiante. Y esa fue una de las cosas que más nos sorprendió de Florencia.




Florencia con perro: mucho más cómoda de lo que esperábamos
Nosotros íbamos con Jack, como siempre, y la verdad es que el paseo no fue mal.
Hacía calor, porque todavía estábamos en esa época en la que Italia ya empezaba a apretar, pero no era un calor exagerado. Además, encontramos bastante sombra durante el recorrido, así que lo llevamos bien.
Y algo importante: en el centro de Florencia apenas hay tráfico. Está todo bastante cerrado a los coches, salvo vehículos muy concretos, y eso hace que pasear con perro sea mucho más agradable.
Puede haber gente, claro. Estás en Florencia, no en un descampado de Cuenca. Pero al no tener coches pasando todo el rato, motos, ruido y cruces caóticos, la ciudad no se siente tan pesada.
Con perro eso se agradece muchísimo.
No es lo mismo pasear por una ciudad bonita pendiente de mil coches que hacerlo por calles de piedra, plazas y zonas más tranquilas. Jack también lo llevó bastante bien, aunque hubo algún momento en el que tuvimos que cogerlo en brazos porque caminamos bastante. Pero, en general, Florencia nos pareció una ciudad bastante posible para visitar con perro.



Una ciudad que parece antigua de verdad
Lo que más nos gustó de Florencia no fue solo un monumento concreto. Fue el conjunto.
Esa sensación de que vas caminando y todo mantiene una misma estética. Las calles, los edificios, las plazas, las fachadas, el suelo de piedra… No es como otras ciudades donde vas callejeando y de repente tienes un edificio moderno pegado a uno antiguo, luego una avenida normal, luego otra vez algo histórico.
En Florencia nos dio la sensación de estar paseando por una ciudad que mantiene su esencia.
Como si fuera un pueblo antiguo enorme, pero en versión ciudad.
Y eso nos encantó.
Entrar por esa zona de Porta Romana, empezar a caminar por calles de piedra, ver edificios grandes, plazas con vida, rincones bonitos, restaurantes, gente paseando… Todo tenía un ambiente muy especial.
Florencia no nos pareció una ciudad de “voy a ver este monumento y luego aquel otro”. Nos pareció una ciudad para callejear.
Para perderse un poco.
Para ir mirando sin necesidad de tener un itinerario perfecto.




El Duomo: aquí sí, nos quedamos pasmados
Y entonces llegamos a la Piazza del Duomo.
Aquí sí que no hay mucho que hacerse los duros.
La Catedral de Santa Maria del Fiore es una auténtica barbaridad. La habíamos visto en fotos, claro, pero estar allí delante, con esa fachada, esos colores, ese tamaño y esa luz de final de tarde, impresiona muchísimo.
Nos quedamos un buen rato mirándola.
Y también pecamos de turistas.
Nos sentamos —o lo intentamos— a tomar dos cafés con leche en la zona y casi nos cobran 12 euros. Al final la cosa quedó en 9 euros, pero llevándonoslos fuera, porque sentarse allí ya era otra liga económica.


Muy Florencia todo.
Café caro, vistas espectaculares y tú intentando decidir si te han atracado o si simplemente has pagado el impuesto revolucionario de estar delante de una de las catedrales más bonitas de Italia.
Aun así, mereció la pena.
Nos quedamos allí un rato, con la luz naranja del atardecer empezando a caer sobre la plaza, mirando la catedral y disfrutando de ese momento en el que dices: “vale, esto sí había que verlo”.



No vimos el David, ni falta que nos hizo
Florencia es ciudad de museos, de arte, de iglesias y de visitas importantes.
Pero nosotros viajamos con perro.
Así que no vimos el David, ni entramos en museos, ni hicimos el recorrido cultural completo que seguramente haría alguien que viaja sin Jack.
Y no pasa nada.
De hecho, ni siquiera fuimos hasta la zona del museo para ver si podíamos hacer algo, porque total, ¿para qué? Si no íbamos a poder entrar con él, preferimos dedicar el tiempo a callejear, ver la ciudad desde fuera y disfrutarla a nuestra manera.
Y esa fue una buena decisión.
Porque Florencia desde la calle ya da muchísimo.


Pizza, atardecer precioso y planazo improvisado
Después de dar vueltas y más vueltas por el centro, volvimos hacia la zona del Ponte Vecchio para ver el atardecer.
Había mucha gente y se nos hacía tarde, así que hicimos lo que mejor se puede hacer en Italia cuando no quieres complicarte la vida: comprar pizza para llevar.
Justo al pasar el Ponte Vecchio cogimos unas porciones que nos costaron unos 3 o 3,50 euros cada una y nos fuimos al puente de enfrente a comérnoslas viendo el atardecer.
Y fue un planazo.
Nada de restaurante caro, nada de reserva, nada de postureo fino.
Pizza en la mano, Jack con nosotros, el Ponte Vecchio delante y el cielo poniéndose precioso sobre el río.
El atardecer fue una maravilla. De esos momentos sencillos que al final son los que más recuerdas del viaje.

Vuelta a la DogVan y noche tranquila
Desde la zona del río hasta la camper teníamos más o menos media hora andando, así que después del atardecer tocó volver poco a poco al parking.
Pasamos allí la noche y aprovechamos bastante bien las 24 horas que habíamos pagado. Si entramos sobre media tarde, nos fuimos al día siguiente casi a la misma hora, así que para nosotros fue una parada bastante redonda.
Florencia no fue una ciudad complicada en ese sentido. Aparcamos, dormimos, visitamos caminando y seguimos ruta.
Y eso, en Italia y en camper, ya es bastante.
Entonces, ¿merece la pena Florencia con perro y en camper?
Sí. Mucho más de lo que esperábamos.
Nos pareció una ciudad muy bonita, muy paseable y bastante agradable para ir con perro, sobre todo porque el centro tiene muy poco tráfico y eso hace que no se sienta tan caótica como otras ciudades italianas.
Hay gente, claro. Hay turismo, claro. Y si quieres entrar a museos o iglesias, viajar con perro te va a limitar muchísimo.
Pero si aceptas que tu visita va a ser de callejear, ver monumentos desde fuera, cruzar puentes, mirar plazas, tomar algo aunque te cobren el impuesto de turista despistado y acabar comiendo pizza frente al Ponte Vecchio, Florencia funciona muy bien.
Y a veces no hace falta más.
