Cuando llegamos al Valle de Aosta nos apetecía hacer alguna ruta de senderismo. No muy larga, ya que, aunque el calor no era tan sofocante como el de días anteriores, a medio día apretaba. Así que cuando descubrimos la ruta de las cascadas de Lillaz, cerca de Cogne, no nos lo pensamos demasiado.
Agua, montaña, sombra, aire fresco y un plan que podíamos hacer con Jack. Sonaba bastante bien. Y vaya si lo fue.



Lillaz, un pequeño pueblo con planazo natural
Lillaz es una pequeña localidad del Valle de Aosta, muy cerca de Cogne. No es un sitio enorme ni necesitas dedicarle medio día al pueblo, pero tiene algo que merece mucho la pena: sus cascadas.
La ruta sale prácticamente desde el pueblo y es bastante sencilla. De hecho, la primera cascada está muy cerca. En unos diez minutos caminando ya llegas a una zona preciosa, con el agua bajando con fuerza y ese fresquito de río glacial que, después de varios días achicharrados, nos pareció gloria bendita.
Hasta esa primera parte llega mucha gente: familias con niños, personas mayores, gente que solo quiere ver la cascada principal y darse la vuelta.
Y oye, perfecto.
Pero si puedes seguir un poco más, sigue.



La ruta: sencilla, pero no vengas en chanclas
La ruta de las cascadas de Lillaz nos pareció muy buena para hacer con perro. No es una ruta complicada ni técnica, pero tampoco es un paseo de centro comercial. Hay zonas de tierra, piedras y algún tramo algo más empinado. También hay partes preparadas con hierros o chapas fijadas en la roca para facilitar el paso, así que se nota que está adaptada para que la gente pueda subir con más seguridad.
Pero aun así, consejo básico: lleva calzado adecuado.
Nosotros fuimos con zapatillas de deporte y bien. Pero no es sitio para ir con sandalias cutres, chanclas o calzado de “me bajo cinco minutos y ya”. Luego vienen los dramas, los resbalones y las caras de “quién me mandaría a mí”.
La ruta se sigue bastante bien, aunque al principio no nos pareció especialmente señalizada. No tiene mucha pérdida porque el sendero se ve y la gente va subiendo, pero no esperes carteles cada dos metros.






La parte alta: donde el paisaje se pone todavía mejor
Si sigues subiendo más allá de la primera cascada, el entorno mejora muchísimo.
Hay varias caídas de agua, zonas verdes, rocas, vistas preciosas y rincones donde la gente se sienta a descansar. En la parte alta vimos gente tumbada, sentada junto al agua e incluso algún valiente dándose un baño rápido.
Valiente o inconsciente, no lo tenemos claro.
Nosotros con meter los pies y parte de las piernas ya tuvimos suficiente. El agua estaba tan fría que te reiniciaba el sistema operativo.
Pero el sitio es una maravilla.




Agua helada, fotos y momento perro feliz
Una de las mejores cosas de esta ruta es el agua. Agua glacial. Helada. De esa que metes un pie y el cerebro tarda dos segundos en decirte: “igual no era necesario”.
Nosotros metimos los pies. Luego hasta la rodilla. Y sí, estaba congelada. Pero después de la semana que llevábamos huyendo del calor, aquello nos pareció una maravilla.
Jack también disfrutó muchísimo. Hicimos muchas fotos, vídeos, paradas y momentos de esos que luego sabes que van directos al recuerdo del viaje. Veníamos de días de calor infernal, de no poder visitar pueblos con tranquilidad, de mirar el suelo pensando en las patas del Jack, de buscar sombra como si fuera oro. Y de repente estábamos allí, entre cascadas, montaña, agua fría y aire fresco.
Pues claro que te parece la hostia.



¿Se puede hacer con perro?
Sí, para nosotros es una ruta muy recomendable para hacer con perro, siempre que el perro esté acostumbrado a caminar y que vayáis con sentido común.
Jack la hizo bien. Hay tramos sencillos y otros donde conviene ir pendiente, sobre todo por las piedras, las zonas más estrechas o los puntos donde puede haber más gente.
Nosotros llevamos siempre:
- Agua para el perro.
- Agua para nosotros.
- Algún snack o barrita.
- Algo para que el perro coma si la ruta se alarga.
- Correa.
- Calzado decente.
- Y cero prisas.
Aunque haya agua por todas partes, no conviene confiarse. Si viajas con perro, lleva siempre agua. Luego ya verá él si bebe de la botella, del río o de donde le dé la gana, pero tú lleva agua.
También es importante hacer paradas. No hace falta subir como si estuvieras entrenando para el Everest. Es una ruta para disfrutarla, hacer fotos, meter los pies en el agua y dejar que el perro descanse.



Parking en Lillaz
En Lillaz aparcamos en zona azul. El parking era de pago y lo gestionamos con la aplicación y fue un acierto
De primeras pusimos una hora, pensando que quizá la ruta sería más corta, pero menos mal que lo hicimos con app porque fuimos ampliando el tiempo según veíamos que nos quedábamos más.
Al final estuvimos unas dos horas entre caminar, parar, hacer fotos, meter los pies en el agua y disfrutar del sitio.
Pagamos unos 4,80 euros y sinceramente, pagados a gusto.
Hay sitios donde pagar parking te duele en el alma porque sientes que te están cobrando por respirar. Aquí, en cambio, nos pareció razonable. Si ese dinero ayuda a mantener el entorno, controlar el acceso y cuidar un lugar así, perfecto.
¿Merece la pena?
Sí. Muchísimo. Para nosotros, las cascadas de Lillaz han sido uno de los paisajes más bonitos de esta última parte del viaje por Italia.
La Toscana sigue teniendo un lugar especial en nuestro ranking de paisajes, pero esto es otro rollo. Aquí no hablamos de colinas doradas, cipreses y pueblos de postal. Aquí hablamos de agua glacial, montaña, aire fresco y naturaleza.



Nuestra experiencia
Nosotros llegamos a Lillaz buscando un plan bonito y fresco y encontramos justo eso.
Una ruta sencilla, un entorno espectacular, agua helada, muchas fotos con Jack y una de esas mañanas que acaban teniendo post propio porque sabes que no quieres que se pierdan entre el resto del viaje.
A veces los grandes momentos no están en los monumentos más famosos ni en las ciudades que todo el mundo recomienda. A veces están en una cascada, en un sendero de montaña, en un perro mirando el agua y en tus pies congelados dentro de un río glacial.
