Volver a Campo de Criptana siempre ha sido especial para nosotros, pero esta vez lo fue un poco más.
A principios de septiembre, estrenábamos algo nuevo: nuestra primera noche allí con la DogVan.
Todavía hacía calor durante el día, pero al caer la noche el aire refrescaba lo justo para estar a gusto.
Hasta entonces, Campo de Criptana había sido un lugar de paso: ir, disfrutar, comer por la zona de los molinos, visitar otros rincones… y volver a casa.
Esta vez no.
Esta vez nos quedábamos a dormir.
Y además, era la primera vez que volvíamos sin Kira.






Salimos tarde de casa, pero llegamos justo a tiempo para lo importante.
El atardecer.
No diremos que fue el más espectacular que hemos visto —después llegarían otros, como los de Cabo de Gata—, pero sí fue uno de los más bonitos.
El sol escondiéndose poco a poco tras los molinos, el cielo cambiando de color y ese paisaje tan reconocible que parece sacado de un cuadro.
Nos dio tiempo a hacer fotos, muchas fotos, y sobre todo a parar, a estar los tres juntos —Miguel, Jack y yo—, recordando a Kira y compartiendo ese momento en silencio.
Fue un ratito sencillo, pero muy nuestro.
Cuando cayó la noche, salimos a pasear entre los molinos iluminados.
Solo se distinguía el blanco de sus siluetas recortadas contra la oscuridad.
El ambiente era tranquilo, casi mágico, y las fotos de esa noche lo dicen todo.


Además de los molinos, lo que más nos gusta de Campo de Criptana es el entorno natural que los rodea. Están en lo alto, donde el horizonte se pierde y el silencio se siente de otra manera. Estar allí es recordar por qué viajamos en camper: por la libertad, por poder parar en lugares así y por disfrutar de la naturaleza sin prisas, caminando, respirando aire limpio y compartiendo momentos sencillos en espacios que invitan a bajar el ritmo.
Dormimos bien.
Y a la mañana siguiente, nos levantamos para ver amanecer entre los molinos.
Aunque el atardecer nos emocionó más, el amanecer también tuvo algo especial: despertar allí, con ese paisaje delante, era algo que llevábamos tiempo queriendo vivir.
Campo de Criptana no es solo un lugar bonito.
Es uno de los símbolos más reconocibles de La Mancha, famoso por sus molinos de viento, muchos de ellos del siglo XVI, ligados para siempre a la figura de Don Quijote de la Mancha.
Algunos conservan su maquinaria original y nombres propios como Burleta, Infanto o Sardinero, recordándonos que estos molinos fueron parte esencial de la vida y la economía de la zona.
Para nosotros, además, es un lugar cargado de recuerdos.
Aquí hemos celebrado comidas, momentos importantes, pequeñas victorias.
Por eso, poder verlo de noche, dormir allí y despertar con ese paisaje ha sido como cumplir un sueño.


Un sueño al que le faltaba Kira, sí.
Pero que aun así disfrutamos los tres.
Porque viajar también es eso: seguir adelante, recordar, y encontrar nuevas formas de sentirnos en casa.
Y esta vez, gracias a la DogVan, por fin lo conseguimos.
