Llegamos a Albarracín por la tarde, con ese sol que empieza a caer y convierte cualquier pueblo bonito en más bonito aún. Fuimos directos al parking de autocaravanas, que está a unos 20 minutos andando del casco histórico. Tiempo más que suficiente para que Jack olfateara media comarca antes de llegar a la primera calle empedrada.


Y aunque ya es la tercera vez que visitamos Albarracín, (la primera vez fuimos solo y de paso hacia Alcañiz para disfrutar del Gran Premio de MotoGP, y la segunda con Kira y Jack en una escapara de finde semana) nunca dejamos de sacar la cámara. Es de esos sitios que te obligan a repetir fotos porque siempre encuentras un ángulo que no habías visto. O una luz distinta. O una puerta antigua que te mira con cara de “¿qué pasa, no me vas a subir a Instagram?”.
Para terminar el paseo fuimos al paseo fluvial que tienen junto al río y qué tranquilidad. Por supuesto, Jack se remojó las patitas después de tanto andar, al fin al cabo, él llevase un reloj como nosotros, seguro que registraría el doble de pasos que nosotros.



Pero esta vez había un plus: íbamos a dormir allí. Y claro, eso significa que no podíamos desaprovechar la ocasión de hacer algo que teníamos pendiente desde hacía tiempo: verla también de noche.
Así que, una vez instalados, cenita rápida y a caminar. Y qué paseo… El tipo de paseo que uno recuerda. Calles estrechas iluminadas lo justo, fachadas rojizas que parecen pintadas con fuego suave y ese silencio que solo existe en los pueblos que saben guardar secretos.
Jack iba delante, emocionado, moviendo el rabo con ese ritmo suyo de “madre mía, qué sitio, qué olores, qué adoquines tan interesantes”. Nosotros detrás, disfrutando del instante, de cada esquina, de cada balcón torcido, de cada sombra.
Albarracín tiene algo especial de día… pero por la noche es otro mundo.
Uno más íntimo, más cálido, más mágico. De esos que te remueven algo dentro. Y caminarlo los tres juntos lo hizo aún mejor.



Y sí, volveremos. Lo sabemos. Albarracín es de esos lugares que no se visitan una vez ni dos: se revisitan, se redescubren, se viven.
Y esta vez, haciéndolo desde la DogVan, simplemente… fue perfecto.
